DE REGISTROS AKHÁSICOS, EXTRATERRESTRES, ÁNGELES, MANIPULACIONES ESPIRITUALISTAS Y DE(s)CONSTRUCCIONES EDUCATIVAS (parte 1)

Si la gente es incapaz de fijar su atenciòn durante algunos minutos, menos comprenderá el impacto de procesos que comenzaron antes del nacimiento de su abuelo y finalizarán después de la muerte de su nieto.

buda-2Debo confesar que de un tiempo a esta parte me he sentado, una y otra vez frente a mi computadora con cierto grado de parálisis intelectual. No porque careciese de ideas que volcar sobre el…. monitor (iba a escribir, “papel”, como en los viejos tiempos). Ni por carencia de tiempos, superposiciòn de otros compromisos o siquiera por estar mis energías absorbidas por otras investigaciones. Que, de hecho, haberlas haylas, pero no en grado suficiente como para justificar cierta abulia literaria.
Éste es, por otra parte, el típico artículo que temo resignadamente tendrá muy pocos lectores. Ya se ve venir: denso, complicado, como algunos lectores y lectoras bienintencionados me han escrito en alguna ocasiòn: “lleno de palabras difíciles y muy largo”…. como si la brevedad fuera sinónimo de claridad y la simpleza, de transparencia (sí, sé que muchos piensan eso pero…¿podrian demostrarlo?. Es, otra vez, un típico “meme”). Olvidando que el diccionario, físico o virtual, sigue estando para algo y que nunca está de más tomarse el trabajito de agregar algunas palabras al propio vocabulario. Pero, ya sabemos, una enorme mayoría no lee: al decir de mi buen amigo Quique Marzo, “escanea” la pantalla y retiene palabras sueltas, aqui o allá, alguna cita quizás interesante y sseguramente autocomplaciente, fotos y gráficos, dibujitos fotoshopeados, emoticones y texto pletóricos de “k”, de “¡holiiiiiiissssssss!” (aunque quien lo escriba sea un grandulón), de angelitos gordinflones y jesucristos y ángeles con un sospechoso look de ario redivivo. Y a ello, súmenle que diez líneas de texto ya se transforman para muchos en un obstáculo insalvable: allí, mejor pasar a otra cosa.
Uf, hay mucho que desbrozar quirúrgicamente aquí. De manera que, tal vez con la ingenua esperanza de motivar otras lecturas, dividiré este artículo, inexorablemente prolongado y rizado sobre sí mismo en imponderables reflexiones, en una serie.

En realidad, enfrento dos extrapolaciones sumamente interesantes pero plenas de brumas y trampas. Por un lado, el haber deambulado tantos años en ámbitos espiritualistas, conocido sus luces y sus sombras, sus maestros y sus chantas, la Biblia y el Calefón, me ha acercado, me sigue acercando, al punto en el que, aunque uno desee privilegiar lo que suma a lo que resta, enfocarse en lo positivo y ver sólo lo proactivo, se pregunta si no es tiempo y necesidad comenzar a hablar, debatir, establecer políticas propias de quienes compartimos estos intereses respecto a “lo otro”, el lado oscuro, manipulador, mercachifle o explotador de estas Disciplinas. Sí, ya sé, yo también aplico la Ley de Atracciòn y sé que bienintencionados lectores me señalararán aquello de “lo semejante atrae lo semejante”, que si ponemos nuestra energía en lo “malo” (cualquier cosa que este término pueda designar) provocaremos más de lo mismo. A ello, opongo dos observaciones: una, que no se trata de obsesionarse, de concentrarse como para darle poder, sino de observarlo desapasionadamente para identificarlo y luego, si desean, soltarlo. Dos, que en la medida en que no lo hagamos, estimularemos a ciertas personas de dudosos intereses a seguir medrando, ya que toda inacciòn de quienes tienen actitudes sanas y positivas es una invitaciòn a que pulule “lo otro”. El mundo está en problemas, seguramente, no porque haya mucha gente mala, sino porque últimamente la gente buena parece hacer poco y nada.
Pero sé también que como uno mismo (yo) formo parte de la pléyade de quienes dedicamos nuestro tiempo y esfuerzos a trabajar profesionalmente en estas artes, mis argumentos pueden ser tomados como una forma sutil (o no) de torpedear a “la competencia”. Así que quedo, entonces, atrapado en una de esas incertidumbres de las que les hablaba líneas arriba: ¿denuncio y combato desde esta trinchera para sanear estos ámbitos, o respeto la libertad de los demás de equivocarse y dejo que medren los explotadores de la credulidad ajena?.
Ah, y también, sé que estas líneas pasarán ante los ojos de muchos que simplemente tendrán el reflejo defensivo de ignorarlo sin considerarlo, ya sea porque socavaria sus creencias autojustificativas en la vida, la “dialéctica seudo espiritualista” que permite abotagar el resto de conciencia que podría demandar la necesidad de aceptar algunos errores. O, más comúnmente, el temor a la duda: qué triste es comprobar que el mismo “tic” intelectual que los espiritualistas señalan a los academicistas, en el sentido que permitirse “abrir el corazón” pondría en un tembladeral las ideas y sistemas defendidos durante las décadas de su vida es el mismo tic que impide a muchos espiritualistas “abrir la mente”, también, porque tendrían que considerar la falsedad de algunas de sus propias creencias.

Y cuando escribo así, sé que volverá a ocurrir: algunos se rascarán la cabeza y se preguntarán: “Pero este Gustavo, ¿finalmente cree o no cree en la espiritualidad?”.
Síntesis de no haber comprendido nada de lo que escribì hasta aquí.

Interesante punto que ya he conversado con amigos y amigas y encontrado, reiteradamente, un argumento conciliar: dejar que cada uno, cada una, haga su experiencia, uso de su “libre albedrío”, aquello de “todos son maestros” -aún quienes nos perjudiquen- o, en todo caso, que el tropezar con malas experiencias seguramente será parte del proceso kármico de cada uno, por lo que no tiene sentido intervenir tratando de revertir y paliar.
Interesante enfoque. Pero voy a hacer algunas objeciones.

Primero, creo que es una lectura facilista. Es más comodo intelectualmente decirle al otro “qué pena que te estafaran. Bueno, algo tendrás que aprender”, que ofrecerse, si cupiera, salirle de testigo en un juicio. Es también una forma de justificar los propios desaciertos, empezando quizás con una acendrada cuota de crédula ingenuidad que nos habrá llevado a equivocarnos también a nosotros. Nada es tan humano como justificar dialécticamente (que no, “racionalmente”) las elecciones e impulsos emocionales cuando estos derrapan catastróficamente.
Tercero, que debemos por una vez comprender que no existe el libre albedrío. Para comenzar, una redundancia: el “albedrío” es “libre elecciòn”, por lo tanto “libre albedrío” sería como decir “libre libre elecciòn”. Hablemos de Albedrío a secas, entonces. Bien, él tampoco existe. O, más bien, hay Albedrío contextualidado. Las elecciones de cada uno están condicionadas. Por el contexto social, cultural, familiar. Evolucionan, pero siempre dentro de un marco contextual que puede dilatarse y expandirse, pero no es infinito. Hasta en la sencillez materialista de las opciones económicas esto es más que obvio, que no decir entonces de la sutilezas de la mente y el espíritu. Es la educaciòn (en todo sentido que ésta se precie: la familiar, la escolar, la espiritual, la de la vida misma) la que expande ese marco.
Así que lo primero que deviene aquí es una observaciòn sobre la educaciòn. Evitaré caer en la gratuidad (pero no por ello menos severa reconvenciòn) de la degradaciòn de la educaciòn familiar, de ese perverso desplazamiento de roles donde el padre o la madre fingen ser amigos de los hijos, casi un tributo a la modernidad. Yo soy padre de mis dos hijos. Y no puedo ser su amigo. Porque es amigo un igual, alguien con quien nos sentimos cómodamente instalados en un diván emocional que nos pone a la misma altura y en el cual nos espejamos o confrontamos. Como padre, debo enseñar. Y en ocasiones, debo hacer valer la prebenda de la autoridad de mi rol como punto de partida. Así que, como siendo amigo no funjo como padre y no deseo dejar huérfanos a mis niños, seré lo segundo en necesario detrimento de lo primero.
Pero campea por el orbe una ola modernista de ponernos de igual a igual con los niños y los púberes, no limitar, no coartar, permitir y liberar. Y comenzamos en casa donde el hijo no hesita en tratar a sus padres como a sus condiscípulos, continúa en la escuela donde se tutea al profesor o se elogia campechanamente las curvas de la profesora, y se finaliza en la calle donde toda autoridad es risible y por ello, vulnerable. Se está fallando en el ejercicio de la educaciòn parental. Se está fallando en el ejercicio de la educaciòn pública, cuando los programas de estudio son de año en año más paupérrimos, cuando los docentes son desmotivados constantemente, cuando las “mejoras” pedagógicas de toda Latinoamérica se pierden en umbrosas discusiones dialéctico políticas. Cuando los docentes se obligan a asistir a “reuniones institucionales” para una pedagogía que cada vez está peor. Se pauperiza una generaciòn cuyos integrantes, en un número excesivo, difícilmente manejen un vocabulario de más de trescientas palabras. Y se falla cuando se nivela para abajo, cuando con la promesa de la “inclusiòn” se desalientra el esfuerzo por la autosuperaciòn. Pero, claro, no es políticamente correcto plantearlo de esta manera.

Y se falla en la otra educaciòn, en la espiritual. De las iglesias, ya sabemos y hablamos. Pero aquí quiero dirigir su atenciòn a otra cosa. A la educaciòn formartiva que la Nueva Espiritualidad debería proporcionar y, salvo honrosas excepciones, está fallando. Éste es el momento en que debería abandonar el teclado e irme a hacer algo más contemporizador, toda vez que de continuar escribiendo voy a comenzar a ganarme la antipatía de unos cuantos lectores, especialmente aquellos afectados, digo con todo respeto, de un pedo místico.
Y así asistimos al dudoso espectáculo de una creciente masa de intensas inquietudes espirituales, pero que a la vez es cada año más consumista, más frívola, más indiferente, más in-solidaria. Más autismo espiritual.
La insolidaridad y el autismo espiritual está en la base de la crisis social de hoy en día.
Hay insolidaridad y autismo espiritual cuando los neoespiritualistas (esto ya lo traté aquí y aquí , y también aquí, por si desean repasarlo) creen que el Camino es ser cada vez menos concientes del mundo y más de su ombligo.
Hay insolidaridad y autismo espiritual cuando creemos que el Cambio, la Mutaciòn, el Salto Cuántico o como quieran llemarle, es sólo un trabajo personal, autorreferenciado.
Hay insolidaridad y autismo espiritual cuando queremos unir los distintos puntos de ese itinerario por la vía del menor esfuerzo prescindiendo éste, para hacer más ligero el paso, de la consideraciòn de nuestros congéneres..
Hay insolidaridad y autismo espiritual cuando preferimos no darnos cuenta que nuestros discurso “evolutivo” se agota en los talleres, seminarios y retiros espirituales, para volver en el día a día a dejar que emane el enano fascista que llevamos dentro. Cuando ante el “trapito” que limpia el parabrisas de nuestro vehículo, el pobre de piel más oscura que la nuestra que se aproxima a pedir una moneda, el anciano de pie al rayo del sol al que cruzamos cuatro veces en la mañana esperando cobrar su mísera jubilaciòn, sólo tenemos un gesto de lástima en el mejor de los casos. Y en los otros, de rechazo y repliegue defensivo.
Hay insolidaridad y autismo espiritual cuando explicamos nuestros logros y éxitos como “retribuciòn kármica” y los fracasos o conflictos de los demás, como “aprendizajes”. Y es insolidaridad porque la consecusiòn inevitablermente egoísta de ese razonamiento es que si se trata de aprendizajes del “otro”, pues debe ser el “otro” quien lo solucione por sí mismo. Cuando el conflicto o problema es endémico (como la educaciòn, la pobreza, etc.) pues endémica será la actitud de dejarle al “otro” la búsqueda de sus soluciones.
Nosotros y nosotras, claro, como estamos evolucionados, podemos porque queremos subirnos a un aviòn e irnos unos días a Machu Picchu, ahí sí, a dejar unos dólares en manos de otros pobres (claro que más avispados) a los que llegamos después de unos miles de kilómetros en busca de “sabiduría” y “conocimientos”, bellamente cubierta de mantos coloridos…
Hay insolidaridad y autismo espiritual en esa señora, contactada y canalizadora ella, que me decía cuánto desconfiaba de “los científicos” para interumpirse y atender su celular…. juguetito tecnológico que, sin una ciencia detrás, nunca tendría.
Hay insolidaridad y autismo espiritual en esa alumna de un taller donde discutiendo la degradaciòn que se somete a los pueblos indígenas afirmaba que debían ser ellos mismos los que buscaran sus soluciones para “limpiar su karma” (como si la Sociedad tal como le está les financiara los artículos de limpieza).
Hay insolidaridad y autismo espiritual cuando (ocurriò cerca mío un par de veces) exégetas de las Terapias Alternativas, la Salud Energética y “ainda mais”, por una líneas de fiebre, llamaban con ansiedad al médico de turno y se atiborraban de antipiréticos y antibióticos…
Hay insolidaridad y autismo espiritual esa esa gente tan espiritual hasta la hora, por caso, de plantear sus diferencias políticas con los gobernantes de turno, del signo que fueren, donde los insultos más variopintos, las frases más agresivas y los deseos más patibularios emergen en las mismas listas donde días antes campeaba su discurso de paz y amor universal.
Brainstorming al fin, se me cruza la idea anarquizante de qué pasaría si algunas de esas personitas se preguntara, por un momento, si sus percepciones trascendentes fueran algún desarreglo emocional o levemente psicopatológico. A ver: estoy convencido que existen las percepciones de planos sutiles. Pero también estoy convencido que existen los problemas psicoemocionales. Por cierto, es posible que sean percepciones de planos sutiles, pero lo “posible” no es lo “probable”. Y si sus percepciones no son disfunciones, todo disfuncional puede desde ahora considerar que lo suyo no es un desarreglo, sino una superior evoluciòn. Y estimularlo. y participarlo, que sería como contagiarlo…. Ah, por cierto, alguien diría que la distinciòn es que las percepciones “de orden superior” son tales en tanto y en cuanto sirven para el crecimiento del individuo. Entonces, ¿seríamos muy crueles si hiciéramos estadísticas y repasáramos cuánta gente que se cree en posesiòn de “percepciones de orden superior” tiene una vida que se deteriora de día en día, pero jamás lo aceptarían?.
Y no vaya alguien a deducir de esto que propongo, ante las injusticias, una resignaciòn cristiana, un silencio meditativo. Justo yo, imperfecto e intrascendente zurdo de cuerpo y de alma. No. Sólo expongo el hartazgo que causan los sabrosos textos autocomplacientes de los seudo espiritualistas tocados en sus propios intereses.

Pero, en puridad, creo que esta contradicciòn es solucionable. Se trata, propongo, de una divergencia, un divorcio de paradigmas que muchos no pueden resolver, quizás simplemente porque no lo distinguen sobre el ruido de fondo de nuestra cultura. El problema es el abismo que se está abriendo entre una parte de la humanidad materialista que a duras penas puede aceptar como medianamente creíble la visita extraterrestre o la presencia angelical, la intervenciòn metafísica de seres supraconcientes, y una minoría “abierta” que divagamos en nubes estratosféricas sin dudar de nuestra propia cordura. Se está transformando en un conflicto de paradigmas. No de “ciencia” versus “supersticiòn”. En última instancia, la magia, la religión y la ciencia no son más que teorías del pensamiento, y del mismo modo que la ciencia ha suplantado a las que la precedieron, ella misma podría ser suplantada por alguna hipótesis más perfecta, quizás por alguna forma totalmente diferente de considerar los fenómenos, de interpretar las sombras en la pantalla, de la que nosotros, en esta generaciòn, no llegamos a hacernos una idea. Pero, humanos necesitados de ansiosas respuestas siempre (porque para la masa más vale una creencia que parezca dar respuestas aquí y ahora, que una objetiva incertudumbre con la que quizás habría que convivir toda la vida) corremos a buscar las herramientas que algunos espíritus preclaros nos ofrecen. como los Registros Akhásicos, por ejemplo.
Pero de ello escribiremos en el próximo número.

(Continuará)

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“EXTRATERRESTRES” Y MAGIA NEGRA

Creo que fue el amigo Scott Corrales el primero en señalar, cuando menos en Internet y en idioma español, la correspondencia que parecía haber entre ciertas apariciones de OVNIs y los sitios elegidos por personajes desconocidos para llevar a cabo ceremonias de corte satánico. La especie, cuando menos, fue aprovechada por una corriente ideológica vinculada con un cristianos ultramontano de tinte neopentcostal para “demonizar”, por caácter transitivo, no sólo al fenómeno en sí sino, obviamente, a la Inteligencia o Inteligencias que se mueven detrás del mismo. Y cuando a través de los años uno bregó por una lectura objetiva y desprejuiciada del tema, ajena a intereses sectoriales y mucho menos seudo religiosos, genera cierta escozor tener que preguntarse, en aras precisamente de aquella objetividad si, después de todo, no habrá, efectivamente, cierta correspondencia…
Cuando se sostenga que la totalidad de los “extraterrestres” que eventualmente nos visitan son “hermanos del Cosmos”, convendría reflexionar sobre los casos de abducciòn, donde se comienza por la violaciòn del albedrío del protagonista y en ocasiones culmina con dolorosas (en términos psicológicos y/o fisiológicos) prácticas intrusivas. Es el momento en que debemos preguntarnos si esos episodios (o todos ellos) no tienen más de “extradimensionales” que de “extraterrestres”. Y enfrentar el incómodo hecho intelectual de descubrir que, bajo los ropajes del marco cultural de cada época, ha ocurrido desde siempre. Sólo que les dábamos otros nombres.
Extraterrestres, extradimensionales. Si lo último tiene relación con lo divino-maligno, cielo e infierno, dioses y demonios, se me ocurre que podemos escarbar allí algo. A fin de cuentas, ¿qué diferencia hay entre las corrientes que hablan de dimensiones o universos paralelos donde existen —para nosotros— seres no físicos, alternativamente favorables, desfavorables o indiferentes para nosotros, y toda la teología de ángeles y demonios?. Puesto de otra forma, ¿qué pasa si releemos la teología y el catecismo, y observamos la liturgia de tantas religiones preguntándonos si no se trata más que de arcaicos intentos de contactar —o bloquear contactos— con otras dimensiones?. Otrosí digo: ¿y si nos preguntáramos si las “abducciones” son aggiornamientos de las “posesiones”?.

Desde ese lugar, quizás debamos especular (total, es gratis) con una re-lectura de los rituales esotéricos, especialmente de los de tipo medieval. Ese ánima mundi (luego llamado “occultum”), dentro del cual el oficiante maneja los elementos recreando un Microcosmos que cree se proyectará, por Ley de Correspondencia, en el Macrocosmos de la Realidad Objetiva, ¿puede ser la sobrevivencia -intoxicada o literal, será cuestiòn de discusiones bizantinas- de portales dimensionales pret-à-porter ?. Creo que aquí se plantea lo que para algunos será un obstáculo y para otros, un puente: sólo quien haya vivenciado (y no sólo episódicamente) los fenómenos que ocasionalmente se producen en el ámbito de esos rituales, puede comprender cabalmente lo que quiero decir aquí. Quizás la geometría esotérica, las letanías, los gestos, las fragancias y todos los otros elementos se combinen como llaves maestras momentáneas de otras dimensiones. Postulo que el “salto cuántico” que debe dar la Ovnilogía (so pena de difuminarse en la nada) es adquirir un carácter “vivencial” prolijamente equilibrado con la recopilaciòn y muestreo. Mientras los ovnílogos sigan creyendo que resultan “serios” y “creíbles” en la medida que acentúan su fidelizaciòn al pelotón de tuercas y tornillos, tratando de tomar este fenómeno con la asepsia de un entomólogo desapasionado observando la épica historia de un hormiguero, sólo conseguirán continuar girando en el círculo (si vicioso o no, quién soy yo para esos adjetivos) de los que creen avanzar y sólo caminan en elipses cerradas.

Desde el más puro cartesianismo puede objetárseme esta propuesta como improcedente. Señalaría, en mi descargo, que el tan mentado cartesianismo presupone que el crítico ha repetido y verificado la proposiciòn. Pregunta: ¿a cuántos académicos de salón han visto ustedes de túnica y de pie en el centro de un “occultum”? (bueno, yo sí he visto algunos; pero jamás lo admitirían, y ése es el punto).
Ahora bien, ¿porqué el título de este artículo?. Porque tengo la fuerte sospecha que -está dicho- los rituales ocultistas abren ventanas a otras dimensiones. Donde pululan todo tipo de entes, más o menos inteligentes, más o menos “amables”. Pero todos, espirituales, término éste que ha devenido en sinónimo de angelical para el común de las gentes peor que sólo remite a una tipificaciòn de naturalezas, por esa definiciòn, simplemente no materiales. Donde la naturaleza “moral” es harina d eotro costal. Ángeles y demonios. “Grises” y “hermanitos del cosmos”, “reptilianos y pleyadianos”. ¿Cuál es la diferencia?.
¿Por qué se tiene el tupé de sostener que los ángeles y demonios de la Antigüedad eran reptilianos o pleyadianos mal comprendidos, y no al revés?. Por un modismo cultural. Que las entidades contemporáneas se identifiquen como tales y con específica procedencia es tan lícito como que las del pasado hacían exactamente lo mismo. ¿Por qué suponer que son más “sinceras” en el siglo XXI que en el XIV?. Si se medita, se verá que en ello solamente opera la pedantería de suponer estos tiempos más “evolucionados” que aquellos. Y no hablo de evoluciòn tecnológica, ni siquiera social. Hablo en términos de evoluciòn espiritual.
Alguien diría que ante las corrientes librepensadoras modernas, el supermarket espiritual, la naturalidad con que la señora de la esquina conversa con una vecina sobre reiki, magnified healing o geometría sagrada, so es así. Yo veo solamente transversalidad de la informaciòn, y no de la mejor. Aún entre “maestros” y gurúes, “facilitadores” y “canalizadores” encuentro un discurso hiper elaborado, que se enzarza en discusiones bizantinas donde a la retórica, al sofisma y la sofisticacion verborrágica llaman “argumentos”. En nada se distingfuen de aquellos “padres de la iglesia” enredados en discusiones interminables en los concilios del segundo milenio discutiendo cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler…
De modo que, consensuado esto, tenemos que admitir que la Inteligencia detrás del fenómeno OVNI, coherente con su proteiformidad (*) se disfraza de oportunismo conceptual. Y todos contentos.

Los demonios personales

Ningún lector mío desconoce mi afición al Esoterismo, aficiòn que no es sólo lectura y especulaciòn. Con acierto o sin él, me he inmiscuido en cenáculos ocultistas, gusto aún de practicar algunos rituales (con la alegre irresponsabilidad de verlo no como un atavismo sino como la sana expresiòn de mi propia necesidad religiosa) y no tengo empacho en admitirlo. Hace rato que perdí la vergüenza intelectual.
Lo que sólo sabe un puñado escaso, es que a mediados de los ’70, cuando yo era, sí, apenas un curioso adolescente, viví una experiencia que algunos psicólogos definirían como “traumática” pero yo metabolicé como “aleccionadora”.
Villa Martelli, a las puertas mismas de la ciudad de Buenos Aires. Un barrio residencial al norte de la ciudad. Era entonces yo amigo de otro adolescente no mucho mayor, dedicado a lo que él entendía como práctica ocultista; como aún sigue dedicándose, creo, a estos menesteres, me referiré a él solamente por su nombre de pila, Alberto. Que, para los no avisados, no es “Quique” Marzo, webmaster de este espacio.
En la época de referencia me encontraba haciendo mis primeras lecturas en el terreno del Esoterismo, si bien ya hacía un par de años que incursionaba bastante activamente en parapsicología y ovnilogía, siguiendo la más rígida escuela norteamericana.
Mi amigo vivía con sus padres en una amplia y moderna casa, sobre una calle tranquila, que contaba con un parque a sus fondos. Este abarcaba una extensión bastante amplia, se proyectaba construir una piscina y la única edificaciòn en él era un pequeño galpón para depósito de herramientas y materiales, que tenía adosado a una pared un corto alero cubriendo una “parrilla”. Al jardín se accedía desde la casa a través del comedor diario, que con una amplia puerta vidriera miraba a aquél. No había, en ese entonces, árboles que ocultaran de la vista el alto alambrado tramado que lindaba con otro parque, de idénticas características, perteneciente a una vivienda gemela a la que nos ocupa, propiedad de un ingeniero civil que habitaba en ella con su familia.
El galpón al que he hecho referencia se encontraba a la sazón desocupado, por lo que Alberto había hecho de él su refugio particular. Era un verdadero “occultum”, o lugar de prácticas mágicas; el pantáculo trazado en el piso, las paredes cubiertas con inscripciones propiciatorias, una pequeña biblioteca con textos seleccionados con lo que yo creía entonces muy buen criterio, una pequeña mesa y algunos taburetes. Harry Potter se sentiría cómodo.
Alberto realizaba sus sesiones con cierta frecuencia, y extrañamente, pese a que no solía dejar participar a sus amigos (quizás a consecuencia de las pesadas bromas de las que era objeto) hacía varios sábados que había accedido a la terca insistencia de mi pedido de participaciòn. Por cierto, oficiaba yo de mero observador y de algo así como un aprendiz, que disponía los elementos y seguía sus indicaciones según el ritual. Menciono que los días eran invariablemente sábados ya que lo que mi asociado buscaba era propiciar las energías de Saturno -que rige precisamente ese día- ya que se dice de ellas que encierran la capacidad de revelar el conocimiento de los más recónditos secretos de la Naturaleza.
Y cierto sábado allí estaba yo, escuchando lo que en ese momento me parecía una sarta de palabras sin sentido, medio ahogado por los vahos del azufre ardiente y transpirando por el encierro y el calor de las velas. Permanecimos más de una hora allí, sin que ocurriera nada digno de llamar la atenciòn por lo cual, aburridos, dimos por terminado el ritual y, avanzada que estaba la medianoche, nos dirigimos a la casa.
Los padres de mi amigo no se encontraban allí esa noche -lo que propiciaba el “coven”- así que nos ubicamos en el comedor diario dispuestos a comer algo, tomar abundante café y conversar de tmas diversos.
Creo que fue Alberto el primero que llamó la atenciòn sobre un extraño ruido que parecía provenir del exterior. En la oscuridad, nos pareciò percibir vagamente una silueta trepada al alto alambrado y, sospechando la presencia de un ladrón , nos proveímos de una linterna dirigiéndonos resuelta e irresponsablemente al parque, dispuestos a encarar al extraño. Pero no llegamos a hacerlo.
Allí estaba. Un ser humanoide, quizás de algo menos de un metro con setenta centímetros de estatura y fuerte complexión, pero de una extraña morfología reptiloide. Quizás era completamente humano pero su cabeza, de orejas puntiagudas y ojos muy brillantes, rojizos, acentuaba esa impresiòn.
Cuando el haz de luz de la linterna dio en él, el ente giró su rostro hacia nosotros. A pesar de su brillo y coloraciòn su mirada era extrañamente humana. Creo que no gritamos porque en algún fugaz instante pasó por nustra mente swer sólo víctimas de una alucinaciòn, tal vez provocada por los vahos del azufre. Pero eso seguía allí.
En ese instante, la luz del patio trasero de la casa contigua se encendió. Recortada su sombra contra la claridad, vimos a un hombre -seguramente el dueño de casa- salir a su propio parque. Quizás le había despertado el mismo ruido y, desconcertado aún, salía a investigar.
El ente sacudió el alambrado sobre el que estaba trepado una vez más y advertimos qué era lo que provocaba el sonido que llamara nuestra atenciòn: una d elas extremidades inferiores se había enganchado en el alambre y el ser sacudía su ¿pata?, ¿pie?, tratando de liberarla. Igual como había visto en muchas oportunidades a perros o gatos enredados en alambres similares.
Sorpresivamente se soltó. Con un fuerte impulso, se elevó por sobre el alambrado y cayó dle otro lado, quizás para escapar a la molestia de nuestro foco luminoso. Escuchamos entonces el grito ahogado del vecino -que recién en es momento se había acercado lo suficiente como para identificar a la criatura- mientras éste corría paralelamente al alambrado, se trepaba a la pared medianera y desaparecía sobre un tejado contiguo. El ingeniero, en tanto, había vuelto corriendo sobre sus pasos, y nosotros hicimos exactamente lo mismo.
Permanecimos discutiendo hasta la madrugada, aún mucho después de que regresaran los padres de mi amigo a los cuales no les comentamos absolutamente nada. La razón era más que obvia: ¿alguien creería semejante historia?. La explicaciòn de lo visto, sin embargo, aparecía muy sencilla: nuestras propias invocaciones, nuestro conocimiento erróneo o quizás incompleto del ritual ocultista había llamado “algo” que apareció a destiempo y totalmente libre de nuestro control. La velocidad con que se sucedieron los hechos y nuestra propia confusión hicieron que en el instante de presenciar la criatura no ejecutáramos los pasos correspondientes y ahora habría escapado a nuestro dominio.

Durante los días siguientes permanecí en constante contacto telefónico con Alberto. Me llamó sumamente la atenciòn que, pese a mis insistentes requerimientos en el sentido que visitara al ingeniero para cotejar impresiones, mi amigo siempre hallaba evasivas para tal encuentro, además de encontrarse sometido a una specie de atontamiento o abulia permanente. Hoy en día, mi experiencia me indican que es apatía no era tan accidental o extraña a los hechos como entonces pensé, y de haberlo sabido en su momento hubiera intervenido más activamente. Quién sabe; quizás ello podría haber impedido la tragedia que estaba a punto de desencadenarse.
Es evidente que ese efecto de pasividad también actuaba sobre el otro testigo, ya que era indudable que éste también nos había visto y sin embargo no buscó explicaciones. O tal vez pensó que todo había sido una pesadilla y por vergüenza evitó buscarnos. Lo cierto es que menos de una semana después de ese sábado fatídico, una mañana de miércoles, Alberto me llamó por teléfono:

¿Escuchaste noticias, hoy? -me preguntó, y un raro temblor que creí percibir en su voz hizo que, sin saber aún porque, sintiera algo helado correr por mi espalda.
Aún no. ¿Por qué?.
Por teléfono, no -fue su respuesta- Venite a casa. Urgente.

Caminaba hacia el domicilio de Alberto, y en mi camino forzosamente debía pasar frente a la vivienda del vecino de marras. Me llamó poderosamente la atenciòn ver un agente de policía apostado en su puerta, y un grupo de matronas conversando animadamente a unos metros de distancia.
Al llegar a mi destino Alberto salió a recibirme. Estaba lívido. Las novedades eran atroces. En la noche del lunes al martes, en un momento impreciso, se había desarrollado en esa casa contigua una verdadera tragedia. El ingeniero había matado a puñaladas a toda su familia -su esposa, su hija pequeña, su suegra- y finalmente se había degollado a sí mismo. Los cadáveres no fueron encontrados sino hasta después del mediodía, cuando un familiar con llave propia llegó a traerls ciertos paquetes e ingresó a la misma. La policía tomó intervención inmediatamente y los medios de información sólo tomaron conocimiento del hecho ya avanzada la tarde.
Nada pude hacer para quitar de la mente de mi amigo la certeza de ser en cierta forma él responsable de la tragedia. Su teoría -por cierto, bastante coherente- es que el hombre no había podido superar el impacto emocional de la visión. Tal vez ni siquiera lo comentó con los suyos, lo cual potenció la introyección del “shock”. Quizás el terror hizo que comenzara a enloquecer. Quizás una noche, alguien -la esposa, la suegra- se levantó y en la oscuridad se dirigió a la cocina para beber algo. O tal vez saliera al parque a ver las estrellas. Quizás el ingeniero despertó por algún ruido y, aterrorizado, pensó que “aquello” había regresado. Quizás se armó del cuchillo -uno de caza- y atacó a una sombra. Luego, al ver lo que había hecho, terminó de perder la razón y continuó la carnicería.
Quién sabe. O quizás, de verdad, “eso” había regresado…
Desde entonces fui dejando de ver a mi amigo. Tiempo después, sólo supe por terceros que continuaba indagando en el mismo sendero. Creo que en ese momento estaba obsesionado por recuperar el control de las fuerzas que habían escapado a su dominio, para reparar así en cierta forma el mal que, sin quererlo y desde su particular punto de vista, había desencadenado. No supe nunca cuál fue el final de sus investigaciones y, por cierto, me gustaría saberlo. Tardé muchos años en poder contar esta experiencia (aún ahora, hacerlo es una catarsis). Más allá de su alta cota de extrañeza (que tal vez me hará aparecer como un farsante) su recuerdo lacerante removió, durante mucho tiempo, la angustiosa duda sobre lo que ciertos conocimientos esotéricos manejados con impulsividad e imprudencia, son capaces de liberar en las noches…

(Fuente: "Inexplicata", el blog de Scott Corrales)

(Fuente: “Inexplicata”, el blog de Scott Corrales)

Durante un tiempo creí que lo ocurrido era explicable -si cupiera una explicación- estrictamente dentro del ámbito d elo místico, si no de lo psicológico. Pero op0rotunamente tomé conocimiento del llamado “Caso Santa Isabel”, ocurrido en la provincia argentina de córdoba, y analizado estupendamente por el doctor Oscar Galíndez y su equipo de la revista “OVNIs, Un Desafío a la Ciencia”. El episodio data de 1972 y trata del operario de una planta automotriz que en horas de la madrugada, dirigiéndose a los lavatorios, se encuentra con esta figura, ¡y que se asemejaba en un todo a lo que nosotros vimos!. Fue allí, en una publicaciòn de las reputadas como “seria” en el mundillo ufológico, donde esta apariciòn -aún desprovista de toda asociaciòn con objeto lumínico cualquiera- podía ser vinculada a la hipótesis extraterrestre, fue cuando me pregunté si, después de todo, no habría un común denominador entre el Ocultismo y la Ovnilogía. Tantos años después, mi certeza es casi completa. Lo que me lleva a cerrar esta nota proponiendo un estudio comparativo que vaya más allá de “Pasaporte a Magonia” (**); una experimentación sistemática desde la perspectiva ufológica y con sus propios parámetros peor plenamente enfocada dentro del campo de la vivencia paranormal.

(*) Proteiforme: que adopta distintas apariencias o formas, de acuerdo a la circunstancia.
(**) Jacques Vallée astrofísico y experto en informática francés, radicado desde hace décadas en EE UU, considerado un patriarca de la Ufología, escribiò este libro icónico donde propone una identificaciòn entre el fenómeno OVNI y los eventos feéricos a través de la Historia.

La Realidad y otras ilusiones

realidad¿Y si la “Realidad material” y los Sueños estuvieran hechos de la misma “sustancia” esencial que se manifiesta ilusoriamente como una u otra cosa?. La electricidad parece “otra cosa” respecto del magnetismo; empero, son dos manifestaciones de lo mismo: campos electromagnéticos. Si así fuera, “visitantes de dormitorio” y personajes oníricos, “extraterrestres” y “ángeles”, Arquetipos y Dioses serían todos absolutamente reales y sólo dependiendo del paradigma desde el que se los mira. Un escéptico materialista observa y dice: “eso no existe”. Y tiene razón en el holograma de su paradigma. Un crédulo supersticioso observa y dice: “todo eso existe”. Y también tiene razón, en el holograma de su paradigma. Porque la Realidad es, quizás, sólo la racionalizaciòn acorde al nivel de evoluciòn y desarrollo de la percepciòn.