CONOCE TODOS NUESTROS BLOGS

Somos un grupo de buscadores con un enorme campo de inquietudes, de las cuales, las que te han traído a este espacio en particular son sólo algunas de todas ellas. Para ello, hemos abierto distintos blogs, todos bajo la coordinaciòn de nuestro Director, Gustavo Fernández. Te invitamos a conocerlos y compartirlos.

“Al Filo de la Realidad”

Ufología, Parapsicología, civilizaciones Desaparecidas, Esoterismo, Conspiraciones, Criptozoología, Terapias Holísticas

https://alfilodelarealidad.wordpress.com/

Instituto Planificador de Encuentros Cercanos (IPEC)

Organización que busca interacciòn consciente con la inteligencia que se mueve tras lo que llamamos “fenómeno OVNI”. Investigaciones y reflexiones. Espacio de difusión del Proyecto “Club del OVNI”

https://institutoplanificador.wordpress.com/

“Movimiento Chamánico”

Órgano informativo de la Agrupaciòn Difusora de Sabiduría Ancestral “Casa del Cóndor”, de Argentina

https://movimientochamanico.wordpress.com/

“Pensemos, que es Gratis”

Blog personal de Gustavo Fernández

https://pensemosqueesgratis.wordpress.com/

Y como siempre, nuestros podcasts de audio en

http://www.ivoox.com/escuchar-centro-armonizacion-integral_nq_2273_1.html

Y nuestro canal en Youtube:

https://www.youtube.com/user/alfilodelarealidad

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El porqué de este Blog

Sin duda, algunos dirán (y no dejarán por ello de ser bienintencionados): ¿Para qué OTRO blog, Gustavo?. ¿No te alcanza con “Al Filo de la Realidad”, “Movimiento Chamánico”, “Instituto Planificador de Encuentros Cercanos”?. ¿No son espacios suficientes para investigaciones, polémicas, actualizaciones?

La verdad… no. Porque he creado este blog con otro fin. Ante el avance indisimulado de lo efímero de Facebook, Twitter y otras redes, ante el mero escaneo -que no lectura- que seguidores fieles pero bombardeados de “posts”, “tips” y un largo etcétera hacen de estos escritos (quizás olvidables, quizás no) elegí crear este rinconcito literario para amontonar aquí, casi sin orden ni concierto, pensamientos y reflexiones. Si a alguien interesa, ya no es responsabilidad de un servidor.

Es poco más, entonces, que una mesa de café. Pero de esos cafés bien argentinos, donde un simple pocillo es excusa suficiente para discutir, reír, leer o simplemente dejar vagar la mirada perdida hasta la madrugada. Y sin que nadie nos apure a dejar la mesa libre.

El relato del huracán

Hubo una vez un imperio donde los huracanes solían azotar sus costas. Quien más, quien menos, había sufrido o conocía a quien hubiera sufrido sus consecuencias catastróficas, y cierta gimnasia del horror se había instalado por generaciones. El imperio estaba rodeado por un montón de pequeños países, pobres, tan sufridos y desvalidos ante la furia de los elementos como los súbditos del reino. Y a través de los años, la crónica de ese dolor se había hecho una costumbre.

Pero cierto día, el rey de ese territorio avisó que se aproximaba un huracán distinto. Terrible. Monstruoso. Apocalíptico. Y todo el mundo, literalmente, puso sus ojos sobre lo que allí sucedería. Los canales de televisión de muchos países enviaron a sus cronistas más audaces a esperar el huracán a pie firme, y en los noticieros las “notas de color” (que donde vivirían los reporteros en esos días, que cómo estaban los supermercados, lo que ocurría con homelesses y perritos callejeros, el estado de los cocoteros) ocuparon los espacios de prime time de manera casi excluyente. Pasaban, también, otras cosas en el mundo en ese momento: terremotos y amenazas nucleares, suicidas con explosivos en remotos mercados orientales y mezquindades políticas locales, actos cotidianos de heroísmo doméstico y descubrimientos científicos; pero nada desviaba la mirada mundial del relato del huracán.

Y un día el huracán llegó. Trágico, como todo huracán. Doloroso y traumático para sus miles de víctimas y damnificados, como había ya sucedido tantas veces. Pero resultó ser sólo un huracán más. Espantoso en su dimensión que, después de todo, no era distinta a la dimensión de todos los huracanes. Nadie pensaba en los pequeños pobres países ya arrasados, porque todos esperaban el golpe en el imperio. Algunos lo explicaban: era el imperio, después de todo. Eran ciudades importantes, donde residían muchos connacionales de aquellos que lo miraban por tv. Como siempre, víctimas de primera clase y víctimas de segunda. Pero el relato del huracán resultó ser mucho más grande, desproporcionado, frente a la realidad. Y la gente se preguntó durante unos pocos días (porque siempre pasan cosas que vuelven a distraer la atención) porqué tanto preámbulo, tanta tragedia anticipada, tanto miedo metido en los pueblos. Algunos respondieron que se trataba de un rey precavido, responsable, que prefería exagerar la dimensión de lo ocurrido con tal de proteger a sus súbditos. Otros hablaron del negocio de los medios de comunicación, aunque tuvieron que admitir que si esa era la idea, no resultó tal negocio porque la gente, harta de siempre lo mismo llenando de manera aburrida las horas de televisión, se dedicaba a otras cosas.

Lo que la gente no sabía, es que el rey había decidido, tiempo atrás, entusiasmar a sus edecanes y visires, a señores de la guerra y otros secuaces, a reactivar un viejo programa de guerra metereológica. Se acercaban tiempos difíciles, y se necesitaban nuevas armas, no solamente más poderosas sino verdaderamente apabullantes en términos psicológicos. Así que desempolvaron aquellos viejos archivos y el veterano proyecto de guerra metereológica, plausible en tanto el mundo creyera que el planeta y su clima estaban de lo más normal y apacible y en nada molesto por la previa actividad humana, fue puesto en marcha. Pero aún no podían controlar algunos “daños colaterales”, frase a la que el rey y sus antecesores eran tan afectos, y el control de la direcciòn de sus experimentos era algo que aún se les escapaba. Así, un día el experimento se volvió sobre sus pasos. Hizo desaparecer a un par de pequeñísimos países de los que se habló poco y nada, y avanzó sobre el imperio. Si en el futuro iba a contarles a sus súbditos lo fenomenal de su armamento climatológico, era necesario que este pequeño experimento provocara, en tierra propia, el menor número posible de “daños colaterales”.

La soluciòn era agigantarlo, darle una dimensiòn mediática tal que, para cuando pasara y se diluyera, el pueblo respirara aliviado, sintiéndose afortunado que, entre la tragedia y el dolor, la cosa no fue después de todo tan grave como se esperaba. Gracias a que el relato del huracán, y no el huracán, fuera el que alcanzara proporciones épicas.

Afortunadamente, estas cosas sólo ocurre en mi imaginación y esto es sólo un cuento.

INDIA: ECOS DE UN TIEMPO MILENARIO

Hace un puñado de horas que acabo de bajar del aviòn. Veintiséis horas de vuelo (y eso, con la fortuna de una muy rápida conexiòn en Qatar) se necesitan para casi recorrer medio mundo y convivir, durante un mes y medio, con una cultura tan profundamente diferente de gente profundamente cercana.

Mucho hay para escribir sobre la India, y sin duda lo haré en sucesivas entregas. Permítaseme, casi como a título introductorio, simplemente desgranar recuerdos, vivencias, curiosidades que reuní casi con fruición de coleccionista. La excusa del viaje fue formarme en Ayurveda, una muy milenaria (más de cinco mil años registrados) filosofía que tiene un “canon” médico que está concitando la atención de profesionales de la salud de todo el mundo por sus resultados y simplicidad. Estás muy bueno eso del Ayurveda, cuando uno aprende que, con esa práctica, a los setenta años deberíamos estar en realidad apenas en la mitad de la vida y que la verdadera ancianidad comienza a partir de los noventa… Claro que entonces uno (también) descubre que para vivir tanto y con calidad es necesario entender la filosofía que subyace detrás de una tradición de diez mil años.

Diez mil años de historia. Eso tiene la India. Una cifra difícil de aprehender para naciones jovencísimas como la nuestra, de apenas doscientos años.  Una cultura que presenta interrogantes ante los cuales, por la –aparente- imposibilidad de encontrarles rápida respuesta (creo que el problema está en esa palabra, “rápida”, muy propiamente occidental: si no la tenemos al alcance de la mano, los occidentales la improvisamos) en ocasiones proyectamos nuestros propios prejuicios.

Por ejemplo, ante la “suciedad”.

Ciertamente, la India está plagada de basura. Hay lugares prolijamente cuidados, es cierto: lo he visto, por caso, en las plantaciones de té del extremo sur, o en la mágica Sarnath (sugestivamente una ciudad budista, creo que tiene que ver con esa filosofía). Pero, pongamos por caso, Varanasi (Benares), es imposible caminar por las callejuelas sin sortear a cada paso bosta de vaca, heces de perro en cantidades masivas y claro, cómo no, basura, en ocasiones en montones, en algunas esquinas. Es hasta risueño escucharles hablar de la importancia de acercarse a la Naturaleza y , por otro lado, ese desinterés en el impacto ecológico de su propio consumo.

Uno lo entiende mejor cuando se sumerge en el hinduísmo (religión dominante y multitudinaria en un país que se acerca a los mil trescientos millones de habitantes) y observa que los rige la “aceptaciòn”. Sería un grosero error emitir un juicio con la formación cultural de Occidente. La aceptación subyace detrás del sistema de castas, sí, pero también detrás de un rasgo maravilloso del pueblo indio: su cortesía, amabilidad casi risueña en la timidez. Es imposible no sentir afecto por ellos, cuando te miran a los ojos con ingenuidad (me comentaba un nativo, que había

Varanasi

tenido oportunidad de visitar Argentina en una ocasiòn, que le sorprendía cómo nos prodigamos besos y abrazos, pero qué poco contacto visual sostenido tenemos con nuestros congéneres). En sus ciudades populosas, con un tránsito rayano en la locura, no presencié ni una pelea, ni una discusión callejera siquiera. Miento. Si vi una, tan simple y gestual que casi era risueña. Por lo demás, apenas uno sonríe, ninguno deja de mostrar sus espléndidas, blancas dentaduras en enormes sonrisas, acompañadas de ese balanceo tan típico y natural de cabeza en ellos, esforzándose en hacerse entender y entenderte, en orientarte y ayudarte.

Todo es “Karma”, y hasta el más analfabeto de entre ellos es un docto pensador de la espiritualidad. Es su aceptación del Karma lo que les lleva a aceptar con filosófica resignaciòn las dificultades de la vida, y, en un extremo, no hacerse mayores problemas si las cosas no van bien en la vida. En todos lados hay malas personas y delincuencia, sin duda (no caeré en el místico error de sugerir que es un paraíso de la moral, porque no lo es) pero llama la atención como, detrás del inevitable, gracioso “regateo” de todo precio al hacer una compra cualquiera –que termina transformándose en un divertido momento, entre risas, golpecitos con el índice sobre el pecho del otro al contraofertar y un apretón de manos al cerrar el acuerdo… que siempre llega- sbyace una mirada repentinamente seria cuando, al sugerir uno que está engañando (con un precio, una sugerencia) responden: “No sos vos el que me está mirando…. Es Dios”. Y lo creen firmemente.

O en sus ritos mortuorios. Pude asistir, primero desde el río Ganges y luego desde tierra firme, aceptado por los presentes, un par de cremaciones. Pero la primera me sorprendió cuando pasaba una temporada en un “ashram” (un retiro espiritual). Imposible olvidar a ese anciano que con sus dos hijos llegó un día al ashram, sabiendo que le quedaba muy poco de vida y decidido a ejercer su derecho a elegir dónde y entre quiénes abandonar este plano. Lejos del morboso comercio alrededor de la muerte propio de Occidente, este anciano alemán estuvo unas semanas, las últimas de su vida, donde quiso estar, aceptando y firmando las conformidades legales para que se dispusiera de su cuerpo según su propia creencia.

Y una noche, falleció. En medio de un inacabable “mantram” (canto devocional) que era un verdadero arrullo, su cuerpo, cubierto de pétalos de flores, fue envuelto en un sudario blanco, transportado en una litera a un pequeño cobertizo al lado del mar, y consumido por el fuego de troncos de sándalo. Al amanecer, reducidos los pocos huesos resultantes a polvo, sus cenizas fueron arrojadas por sus hijos ahí mismo, al mar frente al cual se cerraron sus ojos. Estuve allí, colaboré en esa ceremonia, y es un recuerdo imborrable el de la dignidad de quien elige partir de la manera que quiere.

¿Porqué sus vacas son sagradas?. En parte, porque en su mitología primigenia, los dioses surgieron de un “océano de leche”. Pero también, porque la leche está en el sustrato mismo de su alimentación cotidiana. Pero la leche natural, “al pie de la vaca”, y sus derivados (por ejemplo, un tipo de manteca clarificada, llamada “ghee”), no la industrial (que, claro, a empujones de poderosas multinacionales, está extendiéndose por el país). Es tan común que en los pequeños poblados cada familia tenga su propia vaca que ordeña todos los días –sabiendo que esos dos o tres litros diarios que produce serán los que responderán a las exigencias culinarias a las que son devotos, no el producto de animales traumatizados en tambos bajo manipulaciones que les hacen multiplicar por diez su producción, con las toxinas propias de ese esfuerzo, producción que luego se “estirará”…. Pero no estoy contando nada que ustedes ya no supieran). En las ciudades, en cambio, es común que cada familia tenga, para los mismos fines, una cabra, y las verán ustedes tomando el fresco atadas en la puerta de los domicilios.

Las mismas vacas que se pasean tranquilamente deteniendo el tránsito en avenidas sumamente congestionadas, sin que nadie las moleste para que se aparten y muy tranquilas y relajadas ellas. O atravesando a paso cansino por el medio de una muchedumbre de todo nivel social reunido al amanecer para practicar libremente Yoga. O descansando en el rellano de una vivienda cualquiera, incluso con la nota de color de la ofrenda de flores que le hace la gente al pasar…

¿Y qué decir de los hospitales donde, también al amanecer, médicos, personal administrativo y pacientes que puedan hacerlo celebran una ceremonia de agradecimiento a la Vida?. ¿O los comercios –es riguroso entrar descalzo a todas partes- donde todo el piso es una gigantesca, cómoda cama, con colchón y sábana, donde comerciantes y clientes se sientan o recuestan para tratar el negocio a cerrar?

¿Y sabían que es allí, precisamente en esa pequeña ciudad que mencioné, Sarnath, donde hace dos mil quinientos años surgiò la tradición del “buda gordito”, ese que se pone en casa y se le frota la panza para atraer trabajo y dinero?. Cuánta gente, quizás con una sonrisa entre incrédula pero precavida, lo tiene en su vivienda ignorando que tiene lugar y fecha de origen. Aún hoy, una estatua dorada recuerda el nacimiento del mito.

Sirvan entonces estas breves y necesariamente incompletas líneas, que no rinden tributo a esos diez mil años de misterios, enseñanzas y contradicciones, como la oportunidad de brindarnos reflexiones sobre la conveniencia de aceptar la diversidad de pensamientos que pueden darnos otras perspectivas de la vida.

TODO ES CUESTIÓN DE ENFOQUE

Vengo escribiendo hace años sobre los principios y preceptos de la Alquimia Espiritual, y en ese proceso sigo percibiendo cierta dificultad (sólo debida a mis limitaciones) para transmitir con exactitud no exenta de profundidad la naturaleza de la praxis de la misma. Y lo atribuyo a mis limitaciones porque, en ocasiones, observo que algunos lectores tienden a enmarañar innecesariamente su aplicación en el día a día.
Visualizaciones, meditaciones, mantrams, mudras y un largo etcétera son una retahíla de instrumentos asaz útiles para potenciar los propios recursos en la consecución de los resultados que se desea. Pero no son la Alquimia Espiritual, ni su teoría, ni su práctica. Y un servidor, que constata su tremenda eficiencia para provocar los cambios deseados y buscados en la vida, nunca predicará lo suficiente la intenciòn manifiesta de difundir sus beneficios.
Así que redacto esta lección “pública” (es decir, tanto para mis ya alumnos de tales cursos como para quienes se acercan por primera vez) a efectos de dar un paso más en compartir un Conocimiento que será indisimuladamente útil.

Todo es cuestiòn de enfoque. Cualquiera recuerda el experimento infantil de una lupa, un papel y la luz del Sol. Es enfocar esa luminosidad en un punto, al pasar por la lente de aumento. Y lo que era luz, se transforma en un punto tan intensamente caliente que enciende el papel. Ya, en otros lugares, he escrito (y hablado cuando me ha sido posible) del ejemplo del láser y la luz normal, señalando que es también la diferencia entre quienes un pensamiento creador de realidades y quienes tienen un pensamiento acomodaticio a una sola de las realidades que otros eligieron para él.
De manera que volvamos a la lupa y el enfoque.
Todo practicante veterano de artes marciales sabe –y respeta, si es que sabe- a maestros de más edad, entre muchas razones porque les sabe, también, más eficientes en el combate. Se tendrán más años, menos cabello y algunos kilos de más pero las probabilidades de un entrenado joven en vencerle no son tan seguras. Los legos y neófitos dirán “son años de artimañas y trucos” mientras otros legos y otros neófitos dirán que el joven desafiante simplemente “sabe menos” que su ocasional, maduro contendiente. Pero los practicantes conspicuos comprenden perfectamente que hay otra razón: el enfoque. La capacidad de ese maestro de concentrar, en un momento y lugar –el de la técnica que está aplicando- su voluntad, su energía que no es suya, sino que está enfocando el Ki (la energía Universal, el Chi, el Präna, el “od”, el “orgón”) a través suyo. Como la lupa con el Sol.

He escrito, también, sobre las correspondencias que existen entre la práctica de artes marciales y la vida cotidiana. Ésta es una de ellas. Un logro es, en términos de Alquimia Espiritual, lasuma de: correcta visualizaciòn –qué quiero, cuál es el camino más directo a ello- , la voluntad y la Energía Universal fluyendo a través de mí concentrado todo en un momento del Tiempo y el Espacio provocando un salto cuántico (nunca mejor el término ya tan remanido en estos tiempos nuevaeurísticos) hacia esa Realidad donde el hecho deseado es un hecho y no un deseo. El lego y el neófito, otra vez, pensarán que “me” ocurre. Sostendrán que será a mi experiencia, oficio (las “artimañas y trucos” del maestro en combate) o que tuve la “suerte” de no tener complicaciones ni oposiciones (como esos otros legos y neófitos que acusaban al novel contrincante su inexperticia como causa de su derrota). Nunca vieron, nunca ven, que todo es cuestiòn de enfoque.

– Ten el claro lo que deseas: la mayor parte de quienes no saben aplicar la Alquimia Espiritual dicen querer algo ahora pero en dos o tres meses no lo quieren tanto porque ya están orientados en otra direcciòn.
– Ten en claro tiempos y caminos al logro: no habrá Alquimia si deseas algo pero no te enfocas en cuándo y cómo. Es posible que sobre la marcha aparezcan otros modos u otros tiempos, pero tu “enfoque” en haber elegido aquellos comienza a movilizar la energía en tu direcciòn.
– Actúa: no pienses ni hables demasiado. Demasiado de cualquier cosa es demasiado. Pero actúa cuando “sientas” el momento, sin racionalizarlo, sin temor, ansiedad o ilusiòn. Que no haya una gota de duda en el momento de acciòn. Otra vez: el maestro marcial no “planifica” su contraataque. Grita –todo grito en combate sólo cuenta como descarga de “ki”- y hace lo suyo. No va pensando sobre la marcha qué “hacer después” si su ataque falla, porque ya sabe que ese “pensar después” es la garantía de ser vencido.
– Que el objetivo que deseas sea un vórtice que te atraiga, un vórtice creado por ti, conscientemente, y al que te dejas atraer.
– Y, por favor, ¡deja de inventarte excusas!: “que porque mi marido”, “que si mi mujer”, “que en este país no….”, “que si mi jefe”, “que porque en mi vida…”. Las excusas parecen calmar el ánimo o, cuando menos, salvar la apariencia de nuestro maltrecho ego ante la mirada de los demás, pero en definitiva, todo seguirá igual. Palabras ancestrales: “la gente se divide en dos grupos: los que hacen cosas, y los que pasarán la vida explicando porqué no las hicieron”.
– Medita en que muchas veces en la vida uno no se arrepiente de lo que hace. Se arrepiente de lo que no hace. Y, como dice un buen hermano mío de la vida, muchas veces, también, es mejor pedir “perdón” que pedir “permiso”.

¿Qué lograr esos cambios no es tan fácil?. ¡Claro que no!. ¿Quién dijo que lo fuera?. Si hacer esos cambios, alcanzar esos logros profundos fuera tan sencillo después de todo, ¿qué mérito tendría?. La Alquimia Espiritual tiene requisitos básicos. Aceptar dejar jirones de la propia vida afectiva en el Camino, por ejemplo. Comprender que el camino del Mago y la Hechicera, aunque aparente estar rodeado de personas, aún de quienes te quieren bien, es en el fondo un camino solitario. Si ese tipo de precio te parece excesivo está bien y haz lo tuyo. Pero no te justifiques con excusas cuando trates de explicar, es decir, de poner en meras palabras, tus “porqué no”.

 

El camino interno al Grial

La búsqueda Griálica ha signado el pensamiento místico y metafísico –que no son necesariamente lo mismo- del último milenio y medio. Cualquier curioso en el tema, con un poco de información, sabe que el Santo Grial no es una “historia” contemporánea a los hechos evangélicos sino que aparece, tímidamente, en sagas y trovares de unos cinco o seis siglos más tarde, afianzándose, como relato, en torno al siglo XI. Es decir, bastante “tardíamente”, si nos place considerar tardío a un período ubicado un milenio atrás, mal comprendido y desvalorizado, pleno de hazañas alegóricas y enseñanzas simbólicas y con una población que, más allá de su “iletralidad”, vivía a caballo del mundo real y duro de su cotidianeidad y ese mundo inasible pero poderosamente movilizador de lo simbólico y arquetípico. Subestimada Edad Media, que sólo desde el progresismo materialista puede parecer oscura y felizmente perdida.

Hay quienes buscan un Grial físico, tangible, donde habría bebido Jesús durante la Última Cena. Otros, presentan evidencias que el Grial es la descendencia habida de Jesús con María Magdalena. Unos terceros proponen que se trata de un conjunto de enseñanzas espirituales, más allá, alguien musita que es un objeto extraterrestre caído de la frente de Lucifer.

Yo creo –como todos- saber de qué se trata.

Porque el Santo Grial es todo eso, y mucho más también. En tanto ente arquetípico, tiene la fuerza de lo Abstracto, de lo Numinoso, de lo Intangible, de Lo que Existe Cuando se Nombra. Un número es una abstracción (“uno”) hasta que lo asocio con una forma (“una manzana”, “siete estrellas”). Y así como decir “uno” es decir nada y decir mucho, pero ese “uno” es tantos “uno” como se asocien (“una manzana”, “un carro”, “una persona” y continuar tendiendo a infinito) decir “Grial” es decir “todo” a lo que se asocie. Es arquetípico, dije. El mismo Jesús, en el Calvario lo anticipa porque evoca un Arquetipo: “Aparta de mí, Padre, ese cáliz”. Y ya remitían a él los sabios rabinos estudiosos de la Kabballah, al hablarnos de ese Sephira del Árbol de la Vida que es Yesod, la Copa que recibe las emanaciones de los Sephirot superiores. Porque todo Grial es una estructura de conocimiento formado por dos partes, una de las cuales luego deviene en una tercera:

Búsqueda: el verdadero objeto de este objeto es motivar una búsqueda. Todos tenemos, en algún momento de la vida (bueno, algunos de nosotros, toda la vida) la necesidad compulsiva de búsqueda. De búsqueda de qué, ya es un tema personal. Pero todos buscamos en algún momento nuestro propio Grial, y lo potencialmente peligroso de una Búsqueda es llegar a la meta, al Encuentro del Grial, porque allí corremos el riesgo de cesar la Búsqueda, de detenernos. Y ya sabemos que lo que se detiene, comienza a morir. Por esta razón, -y en plan de aplicar a la vida común de todos los días las enseñanzas trascendentes- me gusta decir que una estrategia de salud física y mental y longevidad es siempre buscar, pensando que no hay un Grial al final del Camino, sino que el Camino es el Grial.

 Encuentro: Y muchas veces, en ocasiones sin proponérselo conscientemente, el Buscador encuentra lo que busca. Sabe, debe saber, que en ese momento su vida se transforma radicalmente, aunque más no fuere porque ha cesado la búsqueda, lo que lo animaba. Como dijimos antes, corre el riesgo de comenzar a morir. Pero esotéricamente es necesario morir para renacer o, también, hay que “saber morir”. Los profanos mueren inútilmente; llega a la instancia involuntariamente, como el corolario de un deambular azaroso e inmediatista, de pasos a corto plazo, en su vida, se resisten a ella y sólo la ve como un sumirse en la oscuridad. El Iniciado sabe que la muerte llega; en cierto modo, entonces, la elige, le da sentido porque antes le ha dado sentido a su vida y la acepta con naturalidad, sabiendo que es el lapso de descanso entre un atardecer y el próximo amanecer.

Desde esa mirada –que es fundamental; alguien dirá que la muerte es la muerte, un hecho y lo demás, simple especulación. Permítame contradecirlo señalando que no existe una Realidad sino tantas percepciones de la Realidad como sujetos la perciban y, en consecuencia, el paradigma que yo construya de “mi” Realidad “es” la Realidad mía, y en ella cuenta- desde esa mirada, decía, se comprende la práctica ritual de la “Muerte Iniciática” , que en puridad deberíamos llamar “Muerte Simbólica”, y que representa en el contexto iniciático la dramatizaciòn simbólica del sentido que deberá tener la propia trascendencia física.

Así, cuando el Buscador encuentra, si es merecedor de ese Vellocino de Oro (porque encontrar es a la vez premio y desafío; hallaste los que buscabas, ¡bien por ti!. Pero veamos qué haces ahora con ese logro…) sabe que debe pasar a la instancia siguiente, que no era preexistente, que sólo se manifiesta cuando se encuentra: la Conservaciòn.

Conservaciòn: Si al encontrar lo conservamos, pero “conservar” simplemente lo entendemos como guardar, detentar, siendo el Tiempo y la Vida dinámicos y lo conservado estático es inevitable que se deteriorará, envejecerá, morirá. Para conservar el Amor el mismo debe mutar, evolucionar constantemente. Si amas y esperas ser amado como diez años atrás, eso que llamas “amor” devendrá en rutina.

Así que Conservar, conservar de verdad, es ante todo, Transmutar. No habrá verdadera Conservaciòn sin Trasmutaciòn. Y transmutar es llevar algo de un nivel inferior a otro superior porque para lo opuesto, ya esta la universal y materialista Ley de Entropía, que lo hace naturalmente. En consecuencia, buscar, encontrar, conservar, transmutar son las cuatro instancias del Camino.

Comprendido esto, nuestro Grial, cualquiera que sea –y por supuesto, puede ser más de uno- trabajará, así, a favor de nuestro despertar espiritual, que es, después de todo, para lo que debe servir a estar de la leyenda.

El Grial te espera en lugares inesperados…

Objeto, personas, reflexiones…. Puede ser una amalgama sincrética de varias de esas cosas. Por ejemplo, uno de mis Griales es la Amistad. Lo descubrí una noche, hace unos años, en Murcia, cuando con ese hermano que la vida me ha traído llamado Sergio y su familia que es mi familia, divagábamos muy avanzada la noche en la terraza de su casa mientras el resto de nuestra gente dormía desde horas ha. Ese fue el lugar, el momento, la persona. El objeto: aún queda de él una foto, un cognac (todavía podía llamársele “cognac” hasta que las leyes del mercado inventaron aquello de “denominación de origen” y hubo que llamarlo “brandy”) de 1943, marca Terry. Dirán que efecto precisamente del alcohol, y es posible, aunque después de todo, nunca una bebida es más “espirituosa” que cuando es el contexto para comprender cosas del espíritu. Casi setenta años –de la botella- desaparecieron en unas horas mientras descubrí (lo compartí con mi amigo) la revelaciòn que la Amistad es griálica. La buscamos a través de la vida, creemos hallarla y nos desilusiona descubrir que no era lo que pensábamos (que es cuando comenzamos a aprender que la mejor manera de no desilusionarse es no proyectar ilusiones previamente). Volvemos a buscar, la volvemos a encontrar y tratamos de conservarla, primero, con los mismos modismos a través del tiempo. Y entonces aparece la Entropía y la amistad que fue, tiempo después deja de serlo. Quizás aprendamos entonces (quizás no) que para conservarse debe transmutar, ser dinámica, adaptarse a nosotros y no nosotros a ella. Y vamos descubriendo, con cálida alegría, como nos transforma a nosotros mismos. Búsqueda. Encuentro. Conservaciòn. Transmutaciòn.

Cualquiera comprende que no se tienen muchos “buenos amigos”, que los amigos se disponen como círculos concéntricos al rededor de uno, con un primer círculo íntimo, un segundo más afín y así sucesivamente. Y, dinamismo implícito mediante, de uno a otro círculo hay “espín” , hay saltos de electrones, hay gente que se acerca, se aleja y que sólo observamos ese proceso, sin juicios, sin prejuicios, sin postjuicios (que si la palabra no existe, habría que inventarla).

Es bueno darse cuenta que hemos avanzado en el Camino. Porque darse cuenta es “darse” “cuenta”, dar cuentas a uno mismo, hacerle ver a nuestro Yo interno el resultado de su existir. Esos amigos y amigas, cuyos nombres y rostros repaso con una sonrisa en este momento, justifican con su presencia la razón de ser de uno.

Maravillas de un buen brandy.

 

Glosario:

 Cábala (Kabballah): https://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A1bala

 Entropía (Segundo Principio de la Termodinámica): https://es.wikipedia.org/wiki/Entrop%C3%ADa

 Espín: https://es.wikipedia.org/wiki/Esp%C3%ADn

 Sephira: singular de Sephirot, ver aquí); https://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81rbol_de_la_vida_(C%C3%A1bala)#Las_10_Sefirot

 

 

 

 

 

Melancólica apología del “graffiti”

Quién no ha execrado, alguna vez, al tontuelo que con pintura en aerosol escribiera “Juan ama a Rosalía” sobre una de las rocas, hasta entonces impolutas, de esa exuberante quebrada sobre el río, o en la base de un patriótico monumento. Todos, salvo el que lo hiciera, sin duda. Arruinando así un patrimonio colectivo, mancillando la respetabilidad de un patriota. Y en eso estaríamos (casi) todos de acuerdo.

Pero, ¿qué te dice el graffiti de alguien, tallado o escrito doscientos, quinientos, dos mil años atrás?. Que sigue siendo un estúpido, sólo que ya desaparecido hace tiempo, seguramente. Y si, es una de las formas de verlo.

Pero fijate, hay otras. Pensar por un momento en ese “John”, paseando por tan inhóspitas regiones de Egipto a mediados del siglo XIX, donde la mayor comodidad esperable era la tienda de algún campesino si antes no te mataban en ocasiòn de robo. Hoy John es polvo y huesos, vaya a saberse en qué perdido cementerio inglés o norteamericano, si es que tuvo la fortuna de regresar a casa. Imaginarlo allí, tallando su nombre –debemos admitir- con un cuidado y caligrafía que ojalá imitaran sus sucesores contemporáneos, más identificados con el graffitero del metro neoyorkino, a mí me da un dejo de melancolía. Que, casi, casi, me lleva a disculparle.

¿Y qué decir del ignoto griego, del ignoto romano que hicieron lo propio?. Pues allí –las fotos son del Templo de Philae- campea el latín y el griego antiguo, también. Tengo curiosidad y quizás algún lector me ayude, en descifrar, por ejemplo, el primorosamente heleno. Más aún: allí hay un caballero (obviamente, a caballo, para merecer el adjetivo) enarbolando una espada. ¿Un Cruzado, un Templario, quizás, de aquellos cuya pista perseguì por aquellas latitudes?.

Pero el linaje graffitero no finaliza ahí. Va más atrás, mucho más, hasta los propios egipcios. Allí están los burdos

dibujos, el muy reconocible pero desaliñado de una típica barca dinástica, cuya desprolijidad en comparación con tanta grafía señorial descubre, precisamente, su génesis graffitera. ¿Quién, y por qué, lo habrá hecho?.

Hoy, todos ellos, fantasmales espíritus que quizás sigan paseándose sobre las arenas, son polvo, que no recuerdo. Hoy, al imaginarles raspando la superficie, en siglos ya perdidos, descubro que lograron ser curiosidad arqueológica. Más humana, aún, que el monumental templo que eligieron como pizarra de su ansia inconsciente y desesperada de inmortalidad.

Juro que cuando me cruce otra vez con ese “Juan ama a Rosalía”, tan párvulo como que es de 1998, tendré una mirada distinta. Seguirá siendo un atropello a la naturaleza, qué duda cabe, pero con una apuesta al futuro remoto. Apostando que, quizás en otros mil, dos mil años, algún extraño ser, no menos extraño que quien escribe, estará haciéndose las mismas preguntas.

DONDE VIVÍA EL HORROR

El tema es digno de la imaginación febril de algún escritor policial: al no poder hacerse cargo de sus hijos, una familia de Crucesita Séptima (Entre Ríos) opta por desembarazarse de ellos arrojándolos, apenas nacidos, a los cerdos. Estos son los entretelones de esa historia de pesadilla.

Como en toda historia de terror, hay héroes y villanos, testigos pasivos que por su “no te metás”, por su indolencia, son tan culpables como el que más. Se remonta, en la memoria colectiva, a muchas décadas pasadas, pero tiene un año clave en que se conocen los pormenores: 1981. Una crónica que, como desdibujando alguna línea borgeana, entronca lo mágico con lo cotidiano, lo feérico con lo pragmático. Donde, en fin, las aristas amorales de un clan familiar habían sido descubiertas por una ¿casualidad? religiosa.

Todo comenzó cuando en Capitán Bermúdez, localidad próxima a Rosario, y como corolario de una festividad religiosa, se suelta hacia los cielos una reproducción de la Virgen María confeccionada en telgopor, material éste tan liviano que con cuarenta y cinco pequeños globos de gas bastó para que alcanzara grandes altitudes. Arrastrada por los vientos hacia el noreste, una tormenta eléctrica acaba con el precario sistema de sustentacíón y la imagen religiosa se precipita a tierra, aterrizando completa y de pie entre unos chañares. Al día siguiente, como una cruel ironía del destino, la luz del sol revelaría donde había caído.

Las raíces del rumor

Como tantas otras mañanas, el padre Luis Kaúl, al frente de la parroquia del pueblo de Viale, comenzó su jornada dispuesto a la rutina cotidiana. Misa, confesiones, supervisar las obras en marcha en su diócesis, aconsejar a los sufrientes, nada parecía ser distinto a tantos otros días. Este, sin embargo, lo sorprendió con la novedad: centenares de fieles, de sus fieles, comentaban, en una extraña mezcla de algarabía y reverencia, que “la Virgen había caído del cielo en lo de Sevollán”. Fue en ese momento —y sólo entonces— que el padre Kaúl se dio cuenta de que el rumor que corría en el pueblo podría ser verdad: esa familia, residentes inmemoriales de Crucesita Séptima, aislados de la gente y por la gente, vistos desde siempre como “bichos raros”, alienados o perturbados, promiscuos y analfabetos, dueños de unos potreros de campo donde se levantaban sus ranchos precarios, se desembarazaban de los chiquitos recién nacidos usándolos como alimento para los cerdos de los que, a su vez, se manutenía el grupo familiar.

¿Cómo ocurrió?

El apellido correcto de esta gente era —es— Schlowochián, de donde por deformación devino en “Sevollán”. Según comenta un conocido empresario de Viale, “como eran tan pobres y no podían mantener los gurisitos, habían decidido —al parecer desde hacía muchos años— eliminar a los recién nacidos varones”.

Esta terrible decisión tenía, para ellos, un justificativo: ¿no era acaso lo que se hacía, desde siempre, con los cachorritos de animales que uno no puede tener?. ¿No es común ahogar gatitos o destripar lechones?. Y es terrible a fuer de verdad: para esta gente, los bebés, apenas nacidos, no eran otra cosa que cachorros de ser humano. Era más fácil quedarse con las mujeres: “pueden trabajar el campo como los varones y traen hombres a la casa cuando se necesita”, se excusaba mamá Schlowochián y como, sin embargo, nadie tenía el coraje —o la frialdad— de despenar por propia mano a los nenitos, empleaban el expeditivo método de arrojarlos al chiquero.

Nadie puede afirmar, con la fuerza de un testimonio de cargo de cara a la Justicia, que esto fue así y, ciertamente, uno tiene derecho hasta de preguntarse si la versión no habrá sido echada a rodar por alguno de los Schlowochián que, en su deseo de alejar curiosos, o bien de tomarse revancha por el desprecio que desde siempre les había dedicado la sociedad, no encontró mejor manera que alentar el propio morbo de los vecinos. Pero rastreando los comentarios, tanto en Viale como en Hasenkamp y Cerrito, son ya expresiones más que vulgares —y populares— las de “estás tirando bebés a los chanchos” —como referencia a desperdiciar algo valioso— o “estás más loco que un Sevollán”. Después de todo, nadie que no fuera un Schlowochián estaba presente cuando el crimen se cometía.

De ser ciertos los hechos, dos preguntas flotan como un oscuro nimbo sobre la conciencia de mucha gente. ¿Por qué nadie habló antes, pidió la apertura de investigaciones o sentó denuncia de sus sospechas?. Quién sabe. La indiferencia, o, como dijéramos, el “no te metás”, el rechazo a que el autismo geográfico de toda comunidad chica se viera alterado por la presencia inquisidora de investigadores policiales o periodistas ajenos al microclima, o la vieja costumbre de ocultar el elefante de los propios pecados bajo la alfombra del silencio colectivo…

El fin de la trama

El padre Kaúl se puso repentinamente serio mientras se revolvía, inquieto, en el banco de la iglesia Santa Teresita donde estábamos conversando. Mientras yo reprimía una sonrisa, porque creo que su cuerpo, inconcientemente, lo traicionaba, él hizo un gesto como de desprecio y afirmó: “No fui yo, fueron los hechos que cambiaron a esa gente”.

¿De qué hechos hablaba el sacerdote?. Cuando concurre a Crucesita Séptima a visitar a esa familia y explicarles que no había nada milagroso en la caída de esa Virgen —dado que no solamente los Schlowochián, sino muchos vecinos ya hablaban de una “aparición mariana”— necesita aplicar toda su carismática capacidad de persuasión para, más allá de explicaciones técnicas, recuperar a esa gente dejada por la mano de Dios. Se sorprende al descubrir que la misma sociedad que antes los rechazaba por el rumor de los bebés asesinados, ahora se acercaba a ellos con afecto. Kaúl, hombre inteligente y con experiencia, advierte que si bien el erróneo fetichismo del medio parecía pesar en las conciencias más que las sospechas de crímenes, la oportunidad era única para romper ese aislamiento, corriendo en auxilio de esta gente, de sus cuerpos y sus almas. Fue, entonces, el artífice de la humanitaria tarea de ayudar a “acomodar”, en muchos casos colaborando en la gestión de adopciones, de todos los chicos que continuaron viniendo al mundo dentro de ese grupo. Él sigue sosteniendo que la ocasión sirvió para que esa familia recapacitara y cambiara su comportamiento, preservando la vida. La gente de Hasenkamp y Viale que vivió de cerca los hechos, sostiene a rajatabla que los pibes, a partir de entonces, le deben la vida al padre Kaúl. Hoy, muchos de ellos ya crecidos, quizás ignoren que la historia de su vida no hubiera sido si la providencial caída de una Virgen de telgopor no hubiera introducido otras piezas gravitantes en el drama. Tal vez sirvan como reflexiones finales las mismas palabras que Luis Kaúl pronunciara esa tórrida tarde en el templo de calle 3 de Febrero: “Más allá de a quién le cabe haber actuado sobre esta gente, lo maravilloso es cómo el afecto, el amor, la solidaridad de una comunidad, prestada por el motivo que sea a un grupo hasta entonces rechazado, puede obrar el milagro de cambiar costumbres deplorables, por más arraigadas que estén”. Quizás el padre Kaúl haya sido un utópico, quizás no. Pero en estos tiempos en que en la paisajística y frívola Paraná observamos sufrir a nuestros congéneres —desde los obreros explotados hasta los chicos agredidos por patotas ante la mirada indiferente de la sociedad— sería bueno preguntarse si, nuevamente, son aquellos elementos —amor y solidaridad— las herramientas del Cambio. Si los analfabetos, amorales Schlowochián, como seres escapados de algún cuento de terror de H. P. Lovecraft pudieron cambiar, después de todo y mirando a nuestro alrededor… preguntarnos: ¿Y por qué no?.

 

EL FUTURO GEOPOLÍTICO

La globalización es irreversible, quizás porque el tiempo sólo se mueve en una direcciòn y el concepto de “naciòn” pase a la historia como pasó a la historia el condado feudal. Entonces, encerrarse en sí mismos y “vivir con lo nuestro” no sólo es impracticable en términos económicos; lo es más aún en términos del devenir histórico.
Lo peligroso de la globalización, para el individuo, no es la misma sino esa etapa primigenia de toda nueva organización social: antes de las democracias, del pueblo creyendo expresarse y ejercer sus derechos, hubo caciques, reyezuelos, señores de la guerra, emperadores y el camino no pasó por destruir la nación sino cambiar la forma de gobierno.
Por ende, esta globalización tiene organizaciones que ya actúan como embriones de un Poder Ejecutivo, un Poder Legislativo y un Poder Judicial mundiales. Entonces, el peligro está en que esas organizaciones sean autoritarias, dictatoriales, aristocráticas. Imperiales.
Por ello, no se trata de oponerse a la globalización, ni la reacciòn infantil y anárquica de renegar la mera existencia de esas instituciones. Se trata de preparar a los individuos, a las sociedades, a saber de qué se trata, a prestar atención, a informarse y reflexionar objetivamente, a buscar los caminos de llegar a esos poderes para que las voces de los pueblos estén presentes. Para que en algún momento estas organizaciones elitistas y autoritarias devengan en más o menos democráticas.
Aquí, sé que muchos me tildarán de ingenuo e idealista, y no negaré serlo. Sólo llamaré la atención que, habitualmente, quienes esgrimen esa réplica le dan a la misma un valor de autoexcusa pues son ellos los primeros que, por su propia definición, nada hacen –más que discursear en las redes sociales, tal vez- para ayudar a cambiar la Realidad.
 
Mientras existan las fronteras (y les aseguro que las habrá aún por mucho tiempo) arrojar piedras en las reuniones del G – 20 sólo dará más poder a lo que se detesta. Buscar los caminos para que las voces alternativas sean escuchadas en ese G – 20 seria una propuesta. No me digan que “no será nunca posible, no lo permitirán”. Es lo que seguramente habrán dicho, en tiempos de reyes y tiranos, a quienes soñaban con un ascenso social participativo en el gobierno. Recuerden a Gandhi.
Me dirán que fue una excepción; replicaré que fue un hecho histórico. Me dirán que las circunstancias eran distintas; replicaré que eran peores (no tuvo Internet, Facebook ni Twitter para viralizar sus palabras y sus momentos, entre otras cosas no menos importantes, porque si algún lector considera las mismas “poco importantes” no tiene la menor idea del momento histórico en que está parado y el verdadero poder de la información canalizada por allí). Me dirán que la idiosincrasia de su gente era muy particular; replicaré que era un mosaico increíble de razas, religiones e idiomas. Me dirán que era un “espíritu grande”. Y allí no podré replicar nada, porque será irrefutablemente cierto.
 
Por todo esto y más, la ola que vaticinamos (porque la pregunta no es “si” vendrá, sino “cuándo”) será tanto más lenta o acelerada en proporciòn a la madurez política de las personas. Cuando seamos globalmente capaces de debatir con hechos y datos y no con pulsiones emocionales. Cuando comprendamos primero, para modificar después, cuántos congéneres llaman “opinión política” a la mera repetición de meras románticas consignas juveniles que suenan a música pero luego son impracticables o insostenibles. Cuando tanto político y periodista deje de ser “mediáticamente correcto” y hable de los hechos sin sesgos de conveniencia. Cuando yo o el otro comprendamos que partimos de paradigmas personales de creencias.
Me dirán que es una utopía. Y sólo sonreiré.
 
Por ello, el advenimiento de Trump al escenario mundial tendrá un ulterior efecto positivo. Porque desnuda lo más básico del mirarse el ombligo, de la negación de la globalización, del deseo irrealizable de un retroceso feudal. Es cuerstiòn de tiempo que los mismos desaguisados sirvan de educación y recordatorio al resto del planeta. Y así como en otros horizontes, el nuestro por ejemplo, se cree “progresista” al paternalismo estatal, al asistencialismo empobrecedor tanto de mentes como de cuerpos, inmadura concepción de la dinámica mundial con más bases en la carencia de afectos y necesidad de soluciones mágicas que reflexión sobre los propios procesos de crecimiento (individual y social) sin observar que, paradójicamente, ese “progresismo” deviene recesionista pues degenera en populismo. En el futuro, la misma franja que votó al millonario aprenderá que las soluciones mágicas no existen y que en el ombligo sólo hay pelusa. Como, lentamente, va aprendiendo la humanidad toda.
Más nos vale.