CONOCE TODOS NUESTROS BLOGS

Somos un grupo de buscadores con un enorme campo de inquietudes, de las cuales, las que te han traído a este espacio en particular son sólo algunas de todas ellas. Para ello, hemos abierto distintos blogs, todos bajo la coordinaciòn de nuestro Director, Gustavo Fernández. Te invitamos a conocerlos y compartirlos.

“Al Filo de la Realidad”

Ufología, Parapsicología, civilizaciones Desaparecidas, Esoterismo, Conspiraciones, Criptozoología, Terapias Holísticas

https://alfilodelarealidad.wordpress.com/

Instituto Planificador de Encuentros Cercanos (IPEC)

Organización que busca interacciòn consciente con la inteligencia que se mueve tras lo que llamamos “fenómeno OVNI”. Investigaciones y reflexiones. Espacio de difusión del Proyecto “Club del OVNI”

https://institutoplanificador.wordpress.com/

“Movimiento Chamánico”

Órgano informativo de la Agrupaciòn Difusora de Sabiduría Ancestral “Casa del Cóndor”, de Argentina

https://movimientochamanico.wordpress.com/

“Pensemos, que es Gratis”

Blog personal de Gustavo Fernández

https://pensemosqueesgratis.wordpress.com/

Y como siempre, nuestros podcasts de audio en

http://www.ivoox.com/escuchar-centro-armonizacion-integral_nq_2273_1.html

Y nuestro canal en Youtube:

https://www.youtube.com/user/alfilodelarealidad

El porqué de este Blog

Sin duda, algunos dirán (y no dejarán por ello de ser bienintencionados): ¿Para qué OTRO blog, Gustavo?. ¿No te alcanza con “Al Filo de la Realidad”, “Movimiento Chamánico”, “Instituto Planificador de Encuentros Cercanos”?. ¿No son espacios suficientes para investigaciones, polémicas, actualizaciones?

La verdad… no. Porque he creado este blog con otro fin. Ante el avance indisimulado de lo efímero de Facebook, Twitter y otras redes, ante el mero escaneo -que no lectura- que seguidores fieles pero bombardeados de “posts”, “tips” y un largo etcétera hacen de estos escritos (quizás olvidables, quizás no) elegí crear este rinconcito literario para amontonar aquí, casi sin orden ni concierto, pensamientos y reflexiones. Si a alguien interesa, ya no es responsabilidad de un servidor.

Es poco más, entonces, que una mesa de café. Pero de esos cafés bien argentinos, donde un simple pocillo es excusa suficiente para discutir, reír, leer o simplemente dejar vagar la mirada perdida hasta la madrugada. Y sin que nadie nos apure a dejar la mesa libre.

TODO ES CUESTIÓN DE ENFOQUE

Vengo escribiendo hace años sobre los principios y preceptos de la Alquimia Espiritual, y en ese proceso sigo percibiendo cierta dificultad (sólo debida a mis limitaciones) para transmitir con exactitud no exenta de profundidad la naturaleza de la praxis de la misma. Y lo atribuyo a mis limitaciones porque, en ocasiones, observo que algunos lectores tienden a enmarañar innecesariamente su aplicación en el día a día.
Visualizaciones, meditaciones, mantrams, mudras y un largo etcétera son una retahíla de instrumentos asaz útiles para potenciar los propios recursos en la consecución de los resultados que se desea. Pero no son la Alquimia Espiritual, ni su teoría, ni su práctica. Y un servidor, que constata su tremenda eficiencia para provocar los cambios deseados y buscados en la vida, nunca predicará lo suficiente la intenciòn manifiesta de difundir sus beneficios.
Así que redacto esta lección “pública” (es decir, tanto para mis ya alumnos de tales cursos como para quienes se acercan por primera vez) a efectos de dar un paso más en compartir un Conocimiento que será indisimuladamente útil.

Todo es cuestiòn de enfoque. Cualquiera recuerda el experimento infantil de una lupa, un papel y la luz del Sol. Es enfocar esa luminosidad en un punto, al pasar por la lente de aumento. Y lo que era luz, se transforma en un punto tan intensamente caliente que enciende el papel. Ya, en otros lugares, he escrito (y hablado cuando me ha sido posible) del ejemplo del láser y la luz normal, señalando que es también la diferencia entre quienes un pensamiento creador de realidades y quienes tienen un pensamiento acomodaticio a una sola de las realidades que otros eligieron para él.
De manera que volvamos a la lupa y el enfoque.
Todo practicante veterano de artes marciales sabe –y respeta, si es que sabe- a maestros de más edad, entre muchas razones porque les sabe, también, más eficientes en el combate. Se tendrán más años, menos cabello y algunos kilos de más pero las probabilidades de un entrenado joven en vencerle no son tan seguras. Los legos y neófitos dirán “son años de artimañas y trucos” mientras otros legos y otros neófitos dirán que el joven desafiante simplemente “sabe menos” que su ocasional, maduro contendiente. Pero los practicantes conspicuos comprenden perfectamente que hay otra razón: el enfoque. La capacidad de ese maestro de concentrar, en un momento y lugar –el de la técnica que está aplicando- su voluntad, su energía que no es suya, sino que está enfocando el Ki (la energía Universal, el Chi, el Präna, el “od”, el “orgón”) a través suyo. Como la lupa con el Sol.

He escrito, también, sobre las correspondencias que existen entre la práctica de artes marciales y la vida cotidiana. Ésta es una de ellas. Un logro es, en términos de Alquimia Espiritual, lasuma de: correcta visualizaciòn –qué quiero, cuál es el camino más directo a ello- , la voluntad y la Energía Universal fluyendo a través de mí concentrado todo en un momento del Tiempo y el Espacio provocando un salto cuántico (nunca mejor el término ya tan remanido en estos tiempos nuevaeurísticos) hacia esa Realidad donde el hecho deseado es un hecho y no un deseo. El lego y el neófito, otra vez, pensarán que “me” ocurre. Sostendrán que será a mi experiencia, oficio (las “artimañas y trucos” del maestro en combate) o que tuve la “suerte” de no tener complicaciones ni oposiciones (como esos otros legos y neófitos que acusaban al novel contrincante su inexperticia como causa de su derrota). Nunca vieron, nunca ven, que todo es cuestiòn de enfoque.

– Ten el claro lo que deseas: la mayor parte de quienes no saben aplicar la Alquimia Espiritual dicen querer algo ahora pero en dos o tres meses no lo quieren tanto porque ya están orientados en otra direcciòn.
– Ten en claro tiempos y caminos al logro: no habrá Alquimia si deseas algo pero no te enfocas en cuándo y cómo. Es posible que sobre la marcha aparezcan otros modos u otros tiempos, pero tu “enfoque” en haber elegido aquellos comienza a movilizar la energía en tu direcciòn.
– Actúa: no pienses ni hables demasiado. Demasiado de cualquier cosa es demasiado. Pero actúa cuando “sientas” el momento, sin racionalizarlo, sin temor, ansiedad o ilusiòn. Que no haya una gota de duda en el momento de acciòn. Otra vez: el maestro marcial no “planifica” su contraataque. Grita –todo grito en combate sólo cuenta como descarga de “ki”- y hace lo suyo. No va pensando sobre la marcha qué “hacer después” si su ataque falla, porque ya sabe que ese “pensar después” es la garantía de ser vencido.
– Que el objetivo que deseas sea un vórtice que te atraiga, un vórtice creado por ti, conscientemente, y al que te dejas atraer.
– Y, por favor, ¡deja de inventarte excusas!: “que porque mi marido”, “que si mi mujer”, “que en este país no….”, “que si mi jefe”, “que porque en mi vida…”. Las excusas parecen calmar el ánimo o, cuando menos, salvar la apariencia de nuestro maltrecho ego ante la mirada de los demás, pero en definitiva, todo seguirá igual. Palabras ancestrales: “la gente se divide en dos grupos: los que hacen cosas, y los que pasarán la vida explicando porqué no las hicieron”.
– Medita en que muchas veces en la vida uno no se arrepiente de lo que hace. Se arrepiente de lo que no hace. Y, como dice un buen hermano mío de la vida, muchas veces, también, es mejor pedir “perdón” que pedir “permiso”.

¿Qué lograr esos cambios no es tan fácil?. ¡Claro que no!. ¿Quién dijo que lo fuera?. Si hacer esos cambios, alcanzar esos logros profundos fuera tan sencillo después de todo, ¿qué mérito tendría?. La Alquimia Espiritual tiene requisitos básicos. Aceptar dejar jirones de la propia vida afectiva en el Camino, por ejemplo. Comprender que el camino del Mago y la Hechicera, aunque aparente estar rodeado de personas, aún de quienes te quieren bien, es en el fondo un camino solitario. Si ese tipo de precio te parece excesivo está bien y haz lo tuyo. Pero no te justifiques con excusas cuando trates de explicar, es decir, de poner en meras palabras, tus “porqué no”.

 

El camino interno al Grial

La búsqueda Griálica ha signado el pensamiento místico y metafísico –que no son necesariamente lo mismo- del último milenio y medio. Cualquier curioso en el tema, con un poco de información, sabe que el Santo Grial no es una “historia” contemporánea a los hechos evangélicos sino que aparece, tímidamente, en sagas y trovares de unos cinco o seis siglos más tarde, afianzándose, como relato, en torno al siglo XI. Es decir, bastante “tardíamente”, si nos place considerar tardío a un período ubicado un milenio atrás, mal comprendido y desvalorizado, pleno de hazañas alegóricas y enseñanzas simbólicas y con una población que, más allá de su “iletralidad”, vivía a caballo del mundo real y duro de su cotidianeidad y ese mundo inasible pero poderosamente movilizador de lo simbólico y arquetípico. Subestimada Edad Media, que sólo desde el progresismo materialista puede parecer oscura y felizmente perdida.

Hay quienes buscan un Grial físico, tangible, donde habría bebido Jesús durante la Última Cena. Otros, presentan evidencias que el Grial es la descendencia habida de Jesús con María Magdalena. Unos terceros proponen que se trata de un conjunto de enseñanzas espirituales, más allá, alguien musita que es un objeto extraterrestre caído de la frente de Lucifer.

Yo creo –como todos- saber de qué se trata.

Porque el Santo Grial es todo eso, y mucho más también. En tanto ente arquetípico, tiene la fuerza de lo Abstracto, de lo Numinoso, de lo Intangible, de Lo que Existe Cuando se Nombra. Un número es una abstracción (“uno”) hasta que lo asocio con una forma (“una manzana”, “siete estrellas”). Y así como decir “uno” es decir nada y decir mucho, pero ese “uno” es tantos “uno” como se asocien (“una manzana”, “un carro”, “una persona” y continuar tendiendo a infinito) decir “Grial” es decir “todo” a lo que se asocie. Es arquetípico, dije. El mismo Jesús, en el Calvario lo anticipa porque evoca un Arquetipo: “Aparta de mí, Padre, ese cáliz”. Y ya remitían a él los sabios rabinos estudiosos de la Kabballah, al hablarnos de ese Sephira del Árbol de la Vida que es Yesod, la Copa que recibe las emanaciones de los Sephirot superiores. Porque todo Grial es una estructura de conocimiento formado por dos partes, una de las cuales luego deviene en una tercera:

Búsqueda: el verdadero objeto de este objeto es motivar una búsqueda. Todos tenemos, en algún momento de la vida (bueno, algunos de nosotros, toda la vida) la necesidad compulsiva de búsqueda. De búsqueda de qué, ya es un tema personal. Pero todos buscamos en algún momento nuestro propio Grial, y lo potencialmente peligroso de una Búsqueda es llegar a la meta, al Encuentro del Grial, porque allí corremos el riesgo de cesar la Búsqueda, de detenernos. Y ya sabemos que lo que se detiene, comienza a morir. Por esta razón, -y en plan de aplicar a la vida común de todos los días las enseñanzas trascendentes- me gusta decir que una estrategia de salud física y mental y longevidad es siempre buscar, pensando que no hay un Grial al final del Camino, sino que el Camino es el Grial.

 Encuentro: Y muchas veces, en ocasiones sin proponérselo conscientemente, el Buscador encuentra lo que busca. Sabe, debe saber, que en ese momento su vida se transforma radicalmente, aunque más no fuere porque ha cesado la búsqueda, lo que lo animaba. Como dijimos antes, corre el riesgo de comenzar a morir. Pero esotéricamente es necesario morir para renacer o, también, hay que “saber morir”. Los profanos mueren inútilmente; llega a la instancia involuntariamente, como el corolario de un deambular azaroso e inmediatista, de pasos a corto plazo, en su vida, se resisten a ella y sólo la ve como un sumirse en la oscuridad. El Iniciado sabe que la muerte llega; en cierto modo, entonces, la elige, le da sentido porque antes le ha dado sentido a su vida y la acepta con naturalidad, sabiendo que es el lapso de descanso entre un atardecer y el próximo amanecer.

Desde esa mirada –que es fundamental; alguien dirá que la muerte es la muerte, un hecho y lo demás, simple especulación. Permítame contradecirlo señalando que no existe una Realidad sino tantas percepciones de la Realidad como sujetos la perciban y, en consecuencia, el paradigma que yo construya de “mi” Realidad “es” la Realidad mía, y en ella cuenta- desde esa mirada, decía, se comprende la práctica ritual de la “Muerte Iniciática” , que en puridad deberíamos llamar “Muerte Simbólica”, y que representa en el contexto iniciático la dramatizaciòn simbólica del sentido que deberá tener la propia trascendencia física.

Así, cuando el Buscador encuentra, si es merecedor de ese Vellocino de Oro (porque encontrar es a la vez premio y desafío; hallaste los que buscabas, ¡bien por ti!. Pero veamos qué haces ahora con ese logro…) sabe que debe pasar a la instancia siguiente, que no era preexistente, que sólo se manifiesta cuando se encuentra: la Conservaciòn.

Conservaciòn: Si al encontrar lo conservamos, pero “conservar” simplemente lo entendemos como guardar, detentar, siendo el Tiempo y la Vida dinámicos y lo conservado estático es inevitable que se deteriorará, envejecerá, morirá. Para conservar el Amor el mismo debe mutar, evolucionar constantemente. Si amas y esperas ser amado como diez años atrás, eso que llamas “amor” devendrá en rutina.

Así que Conservar, conservar de verdad, es ante todo, Transmutar. No habrá verdadera Conservaciòn sin Trasmutaciòn. Y transmutar es llevar algo de un nivel inferior a otro superior porque para lo opuesto, ya esta la universal y materialista Ley de Entropía, que lo hace naturalmente. En consecuencia, buscar, encontrar, conservar, transmutar son las cuatro instancias del Camino.

Comprendido esto, nuestro Grial, cualquiera que sea –y por supuesto, puede ser más de uno- trabajará, así, a favor de nuestro despertar espiritual, que es, después de todo, para lo que debe servir a estar de la leyenda.

El Grial te espera en lugares inesperados…

Objeto, personas, reflexiones…. Puede ser una amalgama sincrética de varias de esas cosas. Por ejemplo, uno de mis Griales es la Amistad. Lo descubrí una noche, hace unos años, en Murcia, cuando con ese hermano que la vida me ha traído llamado Sergio y su familia que es mi familia, divagábamos muy avanzada la noche en la terraza de su casa mientras el resto de nuestra gente dormía desde horas ha. Ese fue el lugar, el momento, la persona. El objeto: aún queda de él una foto, un cognac (todavía podía llamársele “cognac” hasta que las leyes del mercado inventaron aquello de “denominación de origen” y hubo que llamarlo “brandy”) de 1943, marca Terry. Dirán que efecto precisamente del alcohol, y es posible, aunque después de todo, nunca una bebida es más “espirituosa” que cuando es el contexto para comprender cosas del espíritu. Casi setenta años –de la botella- desaparecieron en unas horas mientras descubrí (lo compartí con mi amigo) la revelaciòn que la Amistad es griálica. La buscamos a través de la vida, creemos hallarla y nos desilusiona descubrir que no era lo que pensábamos (que es cuando comenzamos a aprender que la mejor manera de no desilusionarse es no proyectar ilusiones previamente). Volvemos a buscar, la volvemos a encontrar y tratamos de conservarla, primero, con los mismos modismos a través del tiempo. Y entonces aparece la Entropía y la amistad que fue, tiempo después deja de serlo. Quizás aprendamos entonces (quizás no) que para conservarse debe transmutar, ser dinámica, adaptarse a nosotros y no nosotros a ella. Y vamos descubriendo, con cálida alegría, como nos transforma a nosotros mismos. Búsqueda. Encuentro. Conservaciòn. Transmutaciòn.

Cualquiera comprende que no se tienen muchos “buenos amigos”, que los amigos se disponen como círculos concéntricos al rededor de uno, con un primer círculo íntimo, un segundo más afín y así sucesivamente. Y, dinamismo implícito mediante, de uno a otro círculo hay “espín” , hay saltos de electrones, hay gente que se acerca, se aleja y que sólo observamos ese proceso, sin juicios, sin prejuicios, sin postjuicios (que si la palabra no existe, habría que inventarla).

Es bueno darse cuenta que hemos avanzado en el Camino. Porque darse cuenta es “darse” “cuenta”, dar cuentas a uno mismo, hacerle ver a nuestro Yo interno el resultado de su existir. Esos amigos y amigas, cuyos nombres y rostros repaso con una sonrisa en este momento, justifican con su presencia la razón de ser de uno.

Maravillas de un buen brandy.

 

Glosario:

 Cábala (Kabballah): https://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A1bala

 Entropía (Segundo Principio de la Termodinámica): https://es.wikipedia.org/wiki/Entrop%C3%ADa

 Espín: https://es.wikipedia.org/wiki/Esp%C3%ADn

 Sephira: singular de Sephirot, ver aquí); https://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81rbol_de_la_vida_(C%C3%A1bala)#Las_10_Sefirot

 

 

 

 

 

Melancólica apología del “graffiti”

Quién no ha execrado, alguna vez, al tontuelo que con pintura en aerosol escribiera “Juan ama a Rosalía” sobre una de las rocas, hasta entonces impolutas, de esa exuberante quebrada sobre el río, o en la base de un patriótico monumento. Todos, salvo el que lo hiciera, sin duda. Arruinando así un patrimonio colectivo, mancillando la respetabilidad de un patriota. Y en eso estaríamos (casi) todos de acuerdo.

Pero, ¿qué te dice el graffiti de alguien, tallado o escrito doscientos, quinientos, dos mil años atrás?. Que sigue siendo un estúpido, sólo que ya desaparecido hace tiempo, seguramente. Y si, es una de las formas de verlo.

Pero fijate, hay otras. Pensar por un momento en ese “John”, paseando por tan inhóspitas regiones de Egipto a mediados del siglo XIX, donde la mayor comodidad esperable era la tienda de algún campesino si antes no te mataban en ocasiòn de robo. Hoy John es polvo y huesos, vaya a saberse en qué perdido cementerio inglés o norteamericano, si es que tuvo la fortuna de regresar a casa. Imaginarlo allí, tallando su nombre –debemos admitir- con un cuidado y caligrafía que ojalá imitaran sus sucesores contemporáneos, más identificados con el graffitero del metro neoyorkino, a mí me da un dejo de melancolía. Que, casi, casi, me lleva a disculparle.

¿Y qué decir del ignoto griego, del ignoto romano que hicieron lo propio?. Pues allí –las fotos son del Templo de Philae- campea el latín y el griego antiguo, también. Tengo curiosidad y quizás algún lector me ayude, en descifrar, por ejemplo, el primorosamente heleno. Más aún: allí hay un caballero (obviamente, a caballo, para merecer el adjetivo) enarbolando una espada. ¿Un Cruzado, un Templario, quizás, de aquellos cuya pista perseguì por aquellas latitudes?.

Pero el linaje graffitero no finaliza ahí. Va más atrás, mucho más, hasta los propios egipcios. Allí están los burdos

dibujos, el muy reconocible pero desaliñado de una típica barca dinástica, cuya desprolijidad en comparación con tanta grafía señorial descubre, precisamente, su génesis graffitera. ¿Quién, y por qué, lo habrá hecho?.

Hoy, todos ellos, fantasmales espíritus que quizás sigan paseándose sobre las arenas, son polvo, que no recuerdo. Hoy, al imaginarles raspando la superficie, en siglos ya perdidos, descubro que lograron ser curiosidad arqueológica. Más humana, aún, que el monumental templo que eligieron como pizarra de su ansia inconsciente y desesperada de inmortalidad.

Juro que cuando me cruce otra vez con ese “Juan ama a Rosalía”, tan párvulo como que es de 1998, tendré una mirada distinta. Seguirá siendo un atropello a la naturaleza, qué duda cabe, pero con una apuesta al futuro remoto. Apostando que, quizás en otros mil, dos mil años, algún extraño ser, no menos extraño que quien escribe, estará haciéndose las mismas preguntas.

DONDE VIVÍA EL HORROR

El tema es digno de la imaginación febril de algún escritor policial: al no poder hacerse cargo de sus hijos, una familia de Crucesita Séptima (Entre Ríos) opta por desembarazarse de ellos arrojándolos, apenas nacidos, a los cerdos. Estos son los entretelones de esa historia de pesadilla.

Como en toda historia de terror, hay héroes y villanos, testigos pasivos que por su “no te metás”, por su indolencia, son tan culpables como el que más. Se remonta, en la memoria colectiva, a muchas décadas pasadas, pero tiene un año clave en que se conocen los pormenores: 1981. Una crónica que, como desdibujando alguna línea borgeana, entronca lo mágico con lo cotidiano, lo feérico con lo pragmático. Donde, en fin, las aristas amorales de un clan familiar habían sido descubiertas por una ¿casualidad? religiosa.

Todo comenzó cuando en Capitán Bermúdez, localidad próxima a Rosario, y como corolario de una festividad religiosa, se suelta hacia los cielos una reproducción de la Virgen María confeccionada en telgopor, material éste tan liviano que con cuarenta y cinco pequeños globos de gas bastó para que alcanzara grandes altitudes. Arrastrada por los vientos hacia el noreste, una tormenta eléctrica acaba con el precario sistema de sustentacíón y la imagen religiosa se precipita a tierra, aterrizando completa y de pie entre unos chañares. Al día siguiente, como una cruel ironía del destino, la luz del sol revelaría donde había caído.

Las raíces del rumor

Como tantas otras mañanas, el padre Luis Kaúl, al frente de la parroquia del pueblo de Viale, comenzó su jornada dispuesto a la rutina cotidiana. Misa, confesiones, supervisar las obras en marcha en su diócesis, aconsejar a los sufrientes, nada parecía ser distinto a tantos otros días. Este, sin embargo, lo sorprendió con la novedad: centenares de fieles, de sus fieles, comentaban, en una extraña mezcla de algarabía y reverencia, que “la Virgen había caído del cielo en lo de Sevollán”. Fue en ese momento —y sólo entonces— que el padre Kaúl se dio cuenta de que el rumor que corría en el pueblo podría ser verdad: esa familia, residentes inmemoriales de Crucesita Séptima, aislados de la gente y por la gente, vistos desde siempre como “bichos raros”, alienados o perturbados, promiscuos y analfabetos, dueños de unos potreros de campo donde se levantaban sus ranchos precarios, se desembarazaban de los chiquitos recién nacidos usándolos como alimento para los cerdos de los que, a su vez, se manutenía el grupo familiar.

¿Cómo ocurrió?

El apellido correcto de esta gente era —es— Schlowochián, de donde por deformación devino en “Sevollán”. Según comenta un conocido empresario de Viale, “como eran tan pobres y no podían mantener los gurisitos, habían decidido —al parecer desde hacía muchos años— eliminar a los recién nacidos varones”.

Esta terrible decisión tenía, para ellos, un justificativo: ¿no era acaso lo que se hacía, desde siempre, con los cachorritos de animales que uno no puede tener?. ¿No es común ahogar gatitos o destripar lechones?. Y es terrible a fuer de verdad: para esta gente, los bebés, apenas nacidos, no eran otra cosa que cachorros de ser humano. Era más fácil quedarse con las mujeres: “pueden trabajar el campo como los varones y traen hombres a la casa cuando se necesita”, se excusaba mamá Schlowochián y como, sin embargo, nadie tenía el coraje —o la frialdad— de despenar por propia mano a los nenitos, empleaban el expeditivo método de arrojarlos al chiquero.

Nadie puede afirmar, con la fuerza de un testimonio de cargo de cara a la Justicia, que esto fue así y, ciertamente, uno tiene derecho hasta de preguntarse si la versión no habrá sido echada a rodar por alguno de los Schlowochián que, en su deseo de alejar curiosos, o bien de tomarse revancha por el desprecio que desde siempre les había dedicado la sociedad, no encontró mejor manera que alentar el propio morbo de los vecinos. Pero rastreando los comentarios, tanto en Viale como en Hasenkamp y Cerrito, son ya expresiones más que vulgares —y populares— las de “estás tirando bebés a los chanchos” —como referencia a desperdiciar algo valioso— o “estás más loco que un Sevollán”. Después de todo, nadie que no fuera un Schlowochián estaba presente cuando el crimen se cometía.

De ser ciertos los hechos, dos preguntas flotan como un oscuro nimbo sobre la conciencia de mucha gente. ¿Por qué nadie habló antes, pidió la apertura de investigaciones o sentó denuncia de sus sospechas?. Quién sabe. La indiferencia, o, como dijéramos, el “no te metás”, el rechazo a que el autismo geográfico de toda comunidad chica se viera alterado por la presencia inquisidora de investigadores policiales o periodistas ajenos al microclima, o la vieja costumbre de ocultar el elefante de los propios pecados bajo la alfombra del silencio colectivo…

El fin de la trama

El padre Kaúl se puso repentinamente serio mientras se revolvía, inquieto, en el banco de la iglesia Santa Teresita donde estábamos conversando. Mientras yo reprimía una sonrisa, porque creo que su cuerpo, inconcientemente, lo traicionaba, él hizo un gesto como de desprecio y afirmó: “No fui yo, fueron los hechos que cambiaron a esa gente”.

¿De qué hechos hablaba el sacerdote?. Cuando concurre a Crucesita Séptima a visitar a esa familia y explicarles que no había nada milagroso en la caída de esa Virgen —dado que no solamente los Schlowochián, sino muchos vecinos ya hablaban de una “aparición mariana”— necesita aplicar toda su carismática capacidad de persuasión para, más allá de explicaciones técnicas, recuperar a esa gente dejada por la mano de Dios. Se sorprende al descubrir que la misma sociedad que antes los rechazaba por el rumor de los bebés asesinados, ahora se acercaba a ellos con afecto. Kaúl, hombre inteligente y con experiencia, advierte que si bien el erróneo fetichismo del medio parecía pesar en las conciencias más que las sospechas de crímenes, la oportunidad era única para romper ese aislamiento, corriendo en auxilio de esta gente, de sus cuerpos y sus almas. Fue, entonces, el artífice de la humanitaria tarea de ayudar a “acomodar”, en muchos casos colaborando en la gestión de adopciones, de todos los chicos que continuaron viniendo al mundo dentro de ese grupo. Él sigue sosteniendo que la ocasión sirvió para que esa familia recapacitara y cambiara su comportamiento, preservando la vida. La gente de Hasenkamp y Viale que vivió de cerca los hechos, sostiene a rajatabla que los pibes, a partir de entonces, le deben la vida al padre Kaúl. Hoy, muchos de ellos ya crecidos, quizás ignoren que la historia de su vida no hubiera sido si la providencial caída de una Virgen de telgopor no hubiera introducido otras piezas gravitantes en el drama. Tal vez sirvan como reflexiones finales las mismas palabras que Luis Kaúl pronunciara esa tórrida tarde en el templo de calle 3 de Febrero: “Más allá de a quién le cabe haber actuado sobre esta gente, lo maravilloso es cómo el afecto, el amor, la solidaridad de una comunidad, prestada por el motivo que sea a un grupo hasta entonces rechazado, puede obrar el milagro de cambiar costumbres deplorables, por más arraigadas que estén”. Quizás el padre Kaúl haya sido un utópico, quizás no. Pero en estos tiempos en que en la paisajística y frívola Paraná observamos sufrir a nuestros congéneres —desde los obreros explotados hasta los chicos agredidos por patotas ante la mirada indiferente de la sociedad— sería bueno preguntarse si, nuevamente, son aquellos elementos —amor y solidaridad— las herramientas del Cambio. Si los analfabetos, amorales Schlowochián, como seres escapados de algún cuento de terror de H. P. Lovecraft pudieron cambiar, después de todo y mirando a nuestro alrededor… preguntarnos: ¿Y por qué no?.

 

EL FUTURO GEOPOLÍTICO

La globalización es irreversible, quizás porque el tiempo sólo se mueve en una direcciòn y el concepto de “naciòn” pase a la historia como pasó a la historia el condado feudal. Entonces, encerrarse en sí mismos y “vivir con lo nuestro” no sólo es impracticable en términos económicos; lo es más aún en términos del devenir histórico.
Lo peligroso de la globalización, para el individuo, no es la misma sino esa etapa primigenia de toda nueva organización social: antes de las democracias, del pueblo creyendo expresarse y ejercer sus derechos, hubo caciques, reyezuelos, señores de la guerra, emperadores y el camino no pasó por destruir la nación sino cambiar la forma de gobierno.
Por ende, esta globalización tiene organizaciones que ya actúan como embriones de un Poder Ejecutivo, un Poder Legislativo y un Poder Judicial mundiales. Entonces, el peligro está en que esas organizaciones sean autoritarias, dictatoriales, aristocráticas. Imperiales.
Por ello, no se trata de oponerse a la globalización, ni la reacciòn infantil y anárquica de renegar la mera existencia de esas instituciones. Se trata de preparar a los individuos, a las sociedades, a saber de qué se trata, a prestar atención, a informarse y reflexionar objetivamente, a buscar los caminos de llegar a esos poderes para que las voces de los pueblos estén presentes. Para que en algún momento estas organizaciones elitistas y autoritarias devengan en más o menos democráticas.
Aquí, sé que muchos me tildarán de ingenuo e idealista, y no negaré serlo. Sólo llamaré la atención que, habitualmente, quienes esgrimen esa réplica le dan a la misma un valor de autoexcusa pues son ellos los primeros que, por su propia definición, nada hacen –más que discursear en las redes sociales, tal vez- para ayudar a cambiar la Realidad.
 
Mientras existan las fronteras (y les aseguro que las habrá aún por mucho tiempo) arrojar piedras en las reuniones del G – 20 sólo dará más poder a lo que se detesta. Buscar los caminos para que las voces alternativas sean escuchadas en ese G – 20 seria una propuesta. No me digan que “no será nunca posible, no lo permitirán”. Es lo que seguramente habrán dicho, en tiempos de reyes y tiranos, a quienes soñaban con un ascenso social participativo en el gobierno. Recuerden a Gandhi.
Me dirán que fue una excepción; replicaré que fue un hecho histórico. Me dirán que las circunstancias eran distintas; replicaré que eran peores (no tuvo Internet, Facebook ni Twitter para viralizar sus palabras y sus momentos, entre otras cosas no menos importantes, porque si algún lector considera las mismas “poco importantes” no tiene la menor idea del momento histórico en que está parado y el verdadero poder de la información canalizada por allí). Me dirán que la idiosincrasia de su gente era muy particular; replicaré que era un mosaico increíble de razas, religiones e idiomas. Me dirán que era un “espíritu grande”. Y allí no podré replicar nada, porque será irrefutablemente cierto.
 
Por todo esto y más, la ola que vaticinamos (porque la pregunta no es “si” vendrá, sino “cuándo”) será tanto más lenta o acelerada en proporciòn a la madurez política de las personas. Cuando seamos globalmente capaces de debatir con hechos y datos y no con pulsiones emocionales. Cuando comprendamos primero, para modificar después, cuántos congéneres llaman “opinión política” a la mera repetición de meras románticas consignas juveniles que suenan a música pero luego son impracticables o insostenibles. Cuando tanto político y periodista deje de ser “mediáticamente correcto” y hable de los hechos sin sesgos de conveniencia. Cuando yo o el otro comprendamos que partimos de paradigmas personales de creencias.
Me dirán que es una utopía. Y sólo sonreiré.
 
Por ello, el advenimiento de Trump al escenario mundial tendrá un ulterior efecto positivo. Porque desnuda lo más básico del mirarse el ombligo, de la negación de la globalización, del deseo irrealizable de un retroceso feudal. Es cuerstiòn de tiempo que los mismos desaguisados sirvan de educación y recordatorio al resto del planeta. Y así como en otros horizontes, el nuestro por ejemplo, se cree “progresista” al paternalismo estatal, al asistencialismo empobrecedor tanto de mentes como de cuerpos, inmadura concepción de la dinámica mundial con más bases en la carencia de afectos y necesidad de soluciones mágicas que reflexión sobre los propios procesos de crecimiento (individual y social) sin observar que, paradójicamente, ese “progresismo” deviene recesionista pues degenera en populismo. En el futuro, la misma franja que votó al millonario aprenderá que las soluciones mágicas no existen y que en el ombligo sólo hay pelusa. Como, lentamente, va aprendiendo la humanidad toda.
Más nos vale.

LA SOCIEDAD ESQUIZOFRÉNICA Y SU TERAPIA ESPIRITUAL

Vivimos en una sociedad que no dudo en calificar como esquizofrénica. La enfermedad psíquica llamada “esquizofrenia” se define o, mejor aún, se manifiesta en  el  individuo  como  una  escisión  (una  división)  de la  personalidad.  El esquizofrénico, entre otros síntomas, comienza a manifestarse como más de una persona. En algún sentido, podemos coincidir en que la sociedad que nos cobija es esquizofrénica porque tiende a “compartimentar”  al ser humano, a dividirlo, a aislarlo  del  conjunto,  no  sólo  afectivamente  sino  también  en  sus  áreas  de expresión.

Vemos que, por ejemplo en el terreno laboral, los profesionales de hoy saben  cada vez  más  de  cada  vez  menos.  Esta  excesiva  especialización  que  puede  ser  tomada  como uno de los grandes “logros” de la educación contemporánea, en realidad conspira contra la evolución  del  ser  humano:  los  antiguos  sabios,  verdaderos  pioneros  de  la  ciencia, entendieron  que  no  podía  comprenderse  al  Universo  si  sólo  se  lo  trataba  de  aprehender a partir del conocimiento racional, ya que si el Universo es el todo, nada de éste puede estar excluido: es parte del todo también lo espiritual, de manera tal que el conocimiento del todo significa  también  la  aprehensión  mística,  iluminista  del  mismo.  Lo  espiritual  no  puede  ser conocido racionalmente.

Y, precisamente, los antiguos sabios sabían que encontrar el lugar del hombre en el Cosmos  incluía  no  despreciar  ninguno  de  sus  componentes  en  el  análisis.  Así,  el  remoto sacerdote – médico – astrólogo hacía profesión de fe en la búsqueda de un equilibrio, una armonía entre lo espiritual (la fe), el raciocinio  (la ciencia) y la síntesis más pura que puede obtenerse de ambas: la estética (el arte). Era sacerdote, artista y científico, y aún careciendo de la abundancia de datos, medios e instrumental con que cuenta el hombre de hoy, quizás no  sabía,  pero  sí  sentía  o  percibía,  la inserción nuestra en el entorno, los mecanismos que establecían  mutuamente  un  equilibrio  o  la  sutileza  de  los  desarreglos  que  perturbaban  esa armonía.

El problema es que, en algún momento histórico cuya discusión no es tema de este lugar,  se  produjo  un  lamentable  divorcio  para  el  conocimiento  humano:  arte,  religión  y ciencia tomaron cada una su propio rumbo, alejándose de las demás, y haciéndole perder de  vista  al  hombre  una  visión  abarcadora  de  la  Realidad.  Resulta  difícil,  para  el  hombre contemporáneo,  entender  que  esas  tres  disciplinas  o vías  de conocimiento, de las que hoy en  día  sólo  reconoce  sus  conflictos  mutuos,  diferencias  y  distanciamientos,  alguna  vez pudieron  no  sólo  estar  unidos  armónicamente  sino  complementarse  mutuamente. Pero esa imposibilidad,  esa  estrechez  de  miras  es,  precisamente,  lo  que  llamo  “la  esquizofrenia social”.

Veamos el ejemplo de los médicos: el viejo médico de cabecera, aquél que nos veía nacer y crecer, que acudía a nosotros cada vez que  nos sentíamos mal y cuya sola presencia en  casa  ya  nos  confortaba,  quizás  sabía  menos  de  anatomía  patológica  que  el  casi desconocido  médico  de  obra  social  de  hoy,  quien  pese  al  respaldo  que  toda  la  ciencia  en realidad  generalmente nos inspira poca confianza porque apenas le vemos quince minutos, y para quien somos más una historia clínica que un  ser humano. En realidad, para el médico moderno  –o  para  muchos  de  ellos-  no  somos  seres  humanos  enfermos  sino  órganos enfermos.  Él  sabe  mucho  de  la  disfunción  de  ese  corazón  que  está  fallando  o  de  esos riñones que se niegan a funcionar correctamente, pero, ¿conoce al dueño de ese corazón o esos  riñones?.  ¿entiende,  como  entendía  el  médico  de  familia  cuando  se  sentaba  junto  a nuestro lecho, que si la abuela estaba enferma es porque algo le duele, algo andaba mal, sí, pero  que  los  problemas  y  caprichos  que  la  abuela  le contaba  también  “hacían”  a  esa enfermedad?. ¿Cuál de ambos “curaba” más?.

Y,  yendo  más  allá,  ¿quién  puede  decir  hasta  qué  punto  no  eran  superiores  los médicos de la antigüedad, que quizás no exploraban tanto nuestra anatomía como el galeno de  hoy,  pero  entendían  que  el  hombre  era  un  conjunto  de  circunstancias  no  únicamente biológicas sino también espirituales y cósmicas?. Y, ciertamente, no podía ser buen médico el que no era también buen filósofo, buen astrólogo y buen sacerdote.

Y esa compartimentación a la que hacíamos referencia también se observa en todos los  otros  campos.  En  la  educación  de  nuestros  hijos,  por  ejemplo.  Le  decimos  al  varón: “Juega con soldaditos, con revólveres y pelotas”, ya las nenas: “juega con muñecas y con baterías  de  cocina”.  Si  ustedes  dejan  dos  chicos,  un  varón  y  una  mujer,  solos  y  jugando, verán  que  tienden  a  intercambiar  sus  juguetes.  Y  esto  no  significa  que  ninguno  tenga tendencias  sexuales  diferenciadas  de  su  sexo  sino  que  en  su  pureza  de  niños  aceptan  y realizan en forma gratificante lo que de macho tiene la nena y lo de hembra tiene el nene.

Pero  no:  aparecemos  nosotros,  adultos  esquizofrénicos,  y  los  castramos  en  su  naturaleza, encasillando de acuerdo a nuestros prejuicios esa poderosa forma de expresión lúdica.  Y  cuando  un  niño  nos  cuenta  que  ve  “vacas  rosadas  volando”  o  juega  con “amiguitos invisibles” nosotros le forzamos a razonar: las vacas ni son rosadas ni vuelan y no existen los amiguitos invisibles. En consecuencia, el niño no ve nada más que lo que su imaginación  le  permite  ver.  Y  muchas  veces  me  he  preguntado:  ¿y  si  existieran,  sí,  los “amiguitos invisibles”?. ¿Y si el proceso por el cual los ve el chico, en realidad se trata de un  mecanismo  inconsciente  de  intuición  a  través  del cual  percibe  manifestaciones  de  la realidad  superiores  a  lo  que  nuestros  limitados  sentidos  nos  permiten  ver?.  En  síntesis: somos nosotros, siempre nosotros, los que los limitamos en su verdadera psicología.

Esto tiene, desde mi perspectiva, mucho que ver con lo que considero una verdadera Terapia Espiritual: estimular la capacidad de simbolizaciòn, en primer lugar, porque buena parte de las miserias de la sociedad moderna devienen de la pérdida de esa capacidad de desenvolvernos en sanas abstracciones que sintetizan procesos, como es lo que es una simbolizaciòn. Quien simboliza con facilidad, tiene en palabras como “ética” y “dignidad” valores concretos, con peso propio. Quien desprecia y desconsidera la simbolizaciòn y piensa en términos de absoluto y pedestre pragmatismo, encontrará que esas palabras son huecas y vanas porque la “concretitud” (si no existiera el neologismo, habría que inventarlo) de un valor tiene que ver con cosas muebles, inmuebles, dinero. Y, luego, estimular la integración de la sana fantasía, en un mundo donde ser “fantasioso” es casi una tara mórbida, cuando es la fantasía, precisamente, donde se incubaron las pequeñas y grandes ideas de pequeños y grandes seres humanos. Comprender que la “realidad” no es lo que uno tome por tal sino el punto de encuentro de aquello que yo acepto como mi paradigma y el otro, con el suyo, encuentra en esa zona compartida el espacio de diálogo y convivencia. La Terapia Espiritual es el arduo pero provechoso ejercicio de enfocar en todo momento (y estar vigilante de ello) la atención en lo que suma, no en lo que resta. En lo que une, no en lo que distancia. Es alimentar sueños, engordar ideales, echarse a la espalda la mochila no de obligaciones sociales, compromisos morales y deudas pendientes, propias y ajenas, sino la mochila con las cuatro prendas y una botella de agua que nos permita salir a disfrutar la vida, porque para eso es que estamos aquí. Ser felices, y no joder a nadie en el intento.

Lo demás, es puro cuento.

 

La rica trama de las encarnaciones y el juego del Mago

Cualquiera que trate de aprehender la totalidad de lo visible, lo aparente y lo que subyace en ese instante de fugacidad cósmica que llamamos “conflicto” o “encuentro” humano (pero todo conflicto es también un encuentro de negadas sincronicidades) se encuentra en la misma situación que esa hoy remanida frase de “talk show” televisivo, frivolizada pero inevitablemente correcta: ve la foto, no la película. Así, se sufre cuando el sinsentido de la traiciòn, la bajeza o la angustiada e inesperada sorpresa del acto heroico, solidario, idealista ajeno nos alcanza (porque todo acto altruista del otro desnuda nuestra propia mediocridad; si así no fuera, no nos maravillaría, toda vez que sería parte de lo que conoceríamos como rutina). Y se agiganta la ansiedad existencial, la desorientación de no comprender a los otros, de no poder aquilatar el porqué de sus acciones, la desnudez de nuestra propia ignorancia ante el Devenir.

Pero qué diferente es si como observadores inevitablemente implicados, reparáramos que ese conflicto o ese encuentro, indistintamente, es apenas la eclosión de un nudo de encarnaciones, si nos diéramos la oportunidad –siempre ante el conflicto, siempre ante el encuentro- de preguntarnos de dónde viene, kármicamente, su historia. Y dónde, kármicamente también, le lleva. Qué es lo que esa otra persona, tan cercana, tan lejana, trae como experiencia de vidas anteriores. Qué lecciòn está aprendiendo, qué lecciòn está perdiendo de aprender. Qué lecciòn me está enseñando que no he aprendido en esa historia de vidas, previas a ésta, hasta aquí. ¡Cómo cambia mi perspectiva del conflicto – encuentro, cuando veo al otro como una película de encarnaciones que seguirá reencarnando a su vez, encontrándose conmigo y quizás con alguien más en este nodo, palabra que por algo se parece tanto a nudo!. Y en los que vendrán.

Es casi un divertimento: cuando me encuentro en relaciones de conflicto – encuentro, me pregunto si puedo inferir –casi, casi, como el experimento de una “caja negra” en electrónica- cómo fueron sus encarnaciones anteriores por como actúa y se comporta. Y entonces me pregunto cómo podría mi actitud, mi comportamiento, marcar su huella en sus futuras reencarnaciones. Tal vez sea un fantástico y antojadizo juego distractivo de mi mente. Pero mientras disfruto el encuentro o negocio el conflicto, el repetirme con cierto humor esas preguntas, mágicamente, cambia el clima, la atmósfera de la situación. Siempre sumando. Por lo que, siéndome indiferente que alguien gire el índice sobre la sien al escucharme, seguiré jugando. Porque la Magia estará hecho, y es lo único que me interesa.